Combatir eficazmente el fascismo exige comprender su verdadera naturaleza. Sin esta claridad, es difícil reconocer a ese enemigo y doblegarle con éxito. En un panorama donde las acusaciones de fascismo son frecuentes, distinguir entre afirmaciones válidas y el uso indebido del término es crucial.

Yonatan Mosquera
¿Se puede considerar un gobierno liderado por una persona con creencias fascistas un régimen fascista? ¿Son los gobiernos simplemente reflejos de las ideologías de quienes ostentan el poder?
Giorgia Meloni se convirtió en la primera mujer primera ministra de Italia tras las elecciones de octubre de 2022, con su partido, Fratelli d’Italia (FdI), al frente del Parlamento.
Su victoria suscitó la preocupación de que el fascismo pudiera estar regresando a Italia, lo que generó temores de que se produjeran acontecimientos similares en toda Europa. Acusar al actual gobierno italiano de ser un «régimen fascista» se basa a menudo en las posturas reaccionarias de la Primera Ministra y su gabinete, entre las que se incluyen medidas enérgicas contra la inmigración, políticas anti-LGBTQ+, restricciones al aborto, endurecimiento de las penas por vandalismo, oposición a la normativa climática de la UE y un enfoque centrado en la «identidad italiana».
Sin embargo, los críticos «objetivos» no explican lo suficiente por qué estas acciones equivalen a una vuelta al fascismo. ¿Hay algún gobierno europeo realmente libre de medidas similares? Si afirmamos que todos los gobiernos, desde Lisboa a Moscú, son regímenes fascistas, ello implica que el fascismo ya ha invadido Europa, haciendo inútil la resistencia.

En este contexto, oponerse al «fascismo» conduce esencialmente a apoyar a candidatos y partidos burgueses «menos malos», empujando a las organizaciones de la clase obrera a subordinarse a estas prioridades. Esta dependencia de partidos e ideologías desacreditados alejará a muchos trabajadores desilusionados de las organizaciones establecidas de la clase obrera, que es precisamente como los fascistas consiguen reclutar a las masas para su infame causa.
La población oprimida busca alternativas genuinas para salir de la crisis social cada vez más profunda.
El caso subjetivo
Algunas personas, adoptando un enfoque más subjetivo, tachan al gobierno italiano de fascista debido al historial personal de Meloni de participación en organizaciones neofascistas, como el Movimento Sociale Italiano (MSI).
Señalan la admiración que Meloni expresa públicamente pública por Mussolini, el que use un logotipo en forma de llama que se asemeja al emblema fascista y los rumores de que en su armario y dormitorio se hallaron carteles de Mussolini.
Algunos defensores del argumento de que «el gobierno de Meloni es fascista» tienden a creer, quizá de forma idealista, que el gobierno refleja simplemente los rasgos personales de sus dirigentes.

Según esa lógica, se podría argumentar que si una persona con afiches de Lenin en su dormitorio, un historial de pertenencia a varios partidos de extrema izquierda y una tendencia a llevar camisetas del Che Guevara fuera elegida Primer Ministro, eso indicaría automáticamente que el Estado se ha transformado en un “Estado comunista”.
Al final, estos individuos se alinean con los acusadores “objetivos” y acaban en el mismo callejón sin salida del electoralismo burgués, esperando que los trabajadores se conformen como subordinados de la élite bancaria y terrateniente, mientras esperan poder “detener el fascismo” “eligiendo al mal menor”.
Meloni, una ‘fascista’ bastante inútil
Pese a todas sus alabanzas a Mussolini, su uso de logotipos fascistas y el supuesto y no confirmado tatuaje de la cara de Mussolini en su pierna, el gobierno de Meloni no ha cumplido con los objetivos de un régimen fascista: la aniquilación de la clase obrera como entidad política.
Casi 3 años de «gobierno fascista» en Italia no han conseguido disolver un solo partido político, no han sido capaces de cerrar un solo sindicato ni de clausurar un solo periódico obrero.

Esta ‘dictadura fascista’ ha sido incluso incapaz de prohibir las masivas manifestaciones antigubernamentales encabezadas por el Consejo General del Trabajo (CGT) y otras organizaciones que protestaban contra las medidas de austeridad y exigían mejoras en el acceso a la sanidad, la educación y la seguridad laboral.
Este ‘régimen fascista’ no ha sido capaz de detener las protestas anuales del «Día contra Meloni» ni la huelga general sindical de noviembre de 2024, dirigida por la Unión Italiana del Trabajo (UIL). Los trabajadores de Roma fueron capaces de movilizarse en masa incluso durante la «Marcha contra el proyecto de ley de seguridad» de diciembre de 2024 contra las propuestas antidemocráticas de Meloni. La clase obrera en Italia sigue tan implicada en la política bajo el gobierno «fascista de Meloni» como en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial.
Calificar al gobierno de Meloni de ‘fascista’ sólo ha causado confusión generalizada y ha sido una buena excusa para quienes sugieren que la clase obrera debería convertirse en una extensión obediente de los principales partidos burgueses y sus instituciones. Este enfoque ha dificultado nuestra comprensión del fascismo y nos ha hecho más susceptibles a los auténticos movimientos fascistas cuando surgen.
(Traducido por Camila Márquez)
Serie de The Prisma: ‘Fascismo’
Definir el fascismo, derrotar al fascismo
Serie The Prisma: ‘Fascismo’: ¿Es Meloni fascista?
Series The Prisma: ¿Puede Macrón impedir el fascismo?











