Series The Prisma: El fascismo es un fenómeno distinto del capitalismo moderno. No hubo regímenes fascistas en el mundo hasta que surgió la dictadura de Mussolini en la década de 1920. Antes de este periodo, la humanidad había experimentado 6.000 años de diversos estados represivos, ninguno de los cuales podía clasificarse como fascista.
Yonatan Mosquera
A los fascistas se les considera «de baja cuna». La Italia de Mussolini no fue la única dictadura de su tiempo. Justo al otro lado del Mediterráneo, en 1923 Primo de Rivera estableció una dictadura militar en España, eliminando de hecho cualquier atisbo de democracia.
Sin embargo, el régimen de Rivera no era fascista, y ello lo evidencia su relación con las clases dirigentes tradicionales.
Rivera era un aristócrata y miembro de la élite militar, que había ocupado puestos destacados en las administraciones de Valencia, Madrid y Barcelona antes de su golpe de 1923.
En cambio, Mussolini era miembro del Partido Socialista, y Hitler del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores. Ambos líderes eran hombres hechos a sí mismos, de origen humilde, que se veían a sí mismos como «intrusos» opuestos a las clases dirigentes tradicionales. Justificaron sus dictaduras como una «revolución» contra las élites, un concepto que habría repugnado al aristocrático Primo de Rivera, II Marqués de Estella.
La dictadura de Rivera pretendía devolver a España su gloria tradicional y contaba con el apoyo de las élites militares y monárquicas. Por el contrario, Mussolini y Hitler se presentaron como campeones de una «revolución popular» contra los patricios «degenerados», mostrando hostilidad hacia la élite tradicional de alta cuna. Así pues, el fascismo representa un despertar único de las masas plebeyas.
El fascismo es un movimiento de masas
Durante una agitación extrema, las instituciones tradicionales de la democracia burguesa, incluidos los partidos políticos y los parlamentos, pierden la confianza de las masas. Se las considera irremediablemente corruptas, moralmente en bancarrota e incapaces de aportar soluciones reales. En consecuencia, el fascismo trata de atraer a esas millones de personas desesperadas por escapar de la intolerable crisis del capitalismo y de la devastación que conlleva. Sin elementos significativos de retórica socialista o populista, el fascismo no podría movilizar a las masas.
El importante papel de las masas pequeñoburguesas a lo largo de las tres etapas principales del desarrollo de la sociedad capitalista puede resumirse como sigue. La primera etapa es el jacobinismo revolucionario, que surgió cuando los métodos revolucionarios eran necesarios en los albores del capitalismo.
La segunda etapa es el reformismo oportunista, como la socialdemocracia, que se produjo durante la madurez del sistema. En este periodo se necesitaban métodos ordenados, democráticos y pacíficos para estabilizar la dominación burguesa. La última fase es la tiranía fascista, que surge durante el declive del capitalismo. En esta fase, la burguesía debe utilizar tácticas de guerra civil contra el proletariado para imponer la superexplotación.
Hoy, en la época del declive capitalista, los magnates del capital financiero no pueden oponerse solos a la clase obrera, como antaño, en la época del ascenso burgués, la burguesía liberal no podía desmantelar el feudalismo y la monarquía sin ayuda. Necesitan el apoyo de la pequeña burguesía de la ciudad y del campo. Para obtener este apoyo, es crucial reunir, dinamizar y movilizar a las masas desencantadas de la población.
Las promesas del partido nazi incluían mejores pensiones y seguros para los ancianos, aumento del empleo, medidas proteccionistas para los artesanos y comerciantes independientes, abolición de las rentas del suelo, expropiación de tierras sin indemnización a favor de los pequeños agricultores, ruptura de la «esclavitud de los intereses» de los grandes banqueros, nacionalización de los grandes grupos empresariales, participación en los beneficios de las empresas industriales y abolición del ejército profesional en favor de un «ejército del pueblo».
Esa retórica era necesaria para exacerbar los sentimientos de las masas y llevarlas a la acción. El apoyo al Partido Nazi, que era inferior al tres por ciento de los votantes con derecho a voto en 1924, aumentó al 31% en julio de 1932, al 27% en noviembre de 1932 y al 39% en marzo de 1933. Los pobres de las zonas rurales y urbanas, incluidos comerciantes, pequeños agricultores, artesanos, trabajadores domésticos y sus familias, apoyaban a los nazis de forma desproporcionada. Les atraían las críticas de Hitler a las grandes empresas y al gobierno, así como sus promesas de desarrollo económico intensivo, la expropiación de tierras a los «propietarios judíos» y el reasentamiento de los sin tierra en el este de Alemania.
A lo largo de las tres etapas, la autodeterminación de las masas plebeyas ha desempeñado un papel crucial.
La clase capitalista y terrateniente es una minoría infinitesimal de la población; carece de los efectivos necesarios para un movimiento de masas.
Sin embargo, aunque pequeñas en número, las clases explotadoras siguen siendo económica y culturalmente dominantes bajo el capitalismo.
Ni Hitler ni Mussolini, que lucharon por conseguir un amplio apoyo para sus movimientos, podrían haber alcanzado las cimas del poder sin el respaldo financiero, el armamento y el apoyo político de la gran burguesía.
Entonces, ¿por qué las clases dominantes, que inicialmente se opusieron a los movimientos fascistas, llegaron a creer que apoyar esta «revolución plebeya» serviría a sus intereses? Exploraremos esta cuestión en el siguiente artículo, «El fascismo y las grandes empresas».
(Traducido por Camila Márquez) – Imágenes generada con inteligencia artificial (ChatGPT, OpenAI
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