Globo, Migrantes, Multicultura, Reino Unido

El silencio sacrificial de las generaciones tamiles

Después de mudarse de niña de Alemania a Londres, la psicoterapeuta integradora Nibarna Kannathasan llegó a entender la migración no solo como un movimiento, sino como algo que redefine la vida familiar, la identidad y el cuidado. A través de su trabajo y su investigación, reflexiona sobre lo que las mujeres tamiles heredan, sostienen y apenas ahora comienzan a expresar.

 

Psicoterapeuta integradora Nibarna Kannathasan.

Evie Ratnaventhan

 

Para Nibarna Kannathasan, la migración no es un momento único sino una herencia estratificada.

Su padre dejó Sri Lanka rumbo a Alemania en 1979, parte de una generación que buscaba estabilidad en Occidente. Su madre lo siguió para casarse con él. Años después, Nibarna volvió a mudarse, de Alemania a Londres a los diez años, integrándose a una comunidad tamil ya arraigada en la ciudad.

Recuerda esa transición con claridad. Las escaleras del apartamento en Alemania, el último descenso, el ferry cruzando el canal de la Mancha. Pero lo que más la marcó no fue solo la partida; fue llegar a algo ya formado.

Londres no le era ajeno. Lo había visitado a menudo para ver a sus primos y abuelos. Y, lo más importante, ya existía una estructura. La familia extensa, los espacios del templo, el idioma compartido y los ritmos familiares de la vida le dieron continuidad. La vida de su propia familia cambió tras mudarse del norte al este de Londres. El costo de vida aumentó. Sus padres trabajaban más horas. La estabilidad exigía más esfuerzo. Ella se dio cuenta, incluso entonces, de todo lo que se sostenía entre bambalinas.

A mediados de su adolescencia, ya sabía que quería entender a las personas. No había un camino claro a su alrededor que pudiera seguir. La medicina era la ruta esperada. La psicología no.

Describe esa certeza como testarudez, algo que reconoce en sí misma y en las mujeres que la rodean. Cuando habla de su madre, su abuela y sus tías, vuelve a un patrón familiar. Las mujeres tamiles a menudo cargan con la responsabilidad de mantener la vida en movimiento. Sostienen los hogares, los rituales, la comida, la religión y la continuidad familiar, a menudo sin nombrar directamente ese trabajo. Como ocurre en tantas otras culturas.

Esa comprensión marcaría después su investigación doctoral.

Trabajando en la NHS (sanidad pública británica), en consulta privada y en entornos comunitarios, Nibarna observó que el mismo patrón emergía en la terapia.

Las mujeres tamiles solían llegar con preocupaciones del presente: relaciones, intimidad o ansiedad. Con el tiempo, esas preocupaciones se remontaban a experiencias tempranas. La infancia, la migración y las dinámicas familiares empezaban a estar en el centro del trabajo.

Un tema recurrente era la brecha entre la primera y la segunda generación después de la migración. No solo una diferencia de idioma, sino de expresión emocional. Diferentes formas de mostrar cuidado, diferentes expectativas y diferentes modos de entender qué significa sentirse seguro o escuchado.

En lugar de limitarse a repetir que esa brecha existe, ella quiso explorar cómo se podía transitar. Su investigación doctoral utilizó el enfoque del Árbol de la Vida (Tree of Life) para explorar la identidad y las relaciones familiares. Entonces, su estudio cambió de rumbo al centrarse en pares de madre e hija.

Lo que surgió desafió sus expectativas. Gran parte de la bibliografía académica sobre migración se centra en el trauma y el desplazamiento. Aunque esas historias siguen siendo importantes, lo que apareció aquí, años después de la migración, fue otra cosa. Las mujeres hablaban de reconstrucción, de estabilidad y del trabajo silencioso de crear una vida.

Lo que más destacó fue el silencio en torno al sacrificio.

Las madres no nombraban explícitamente lo que habían renunciado. Sus valores se manifestaban en la acción. Asegurar que hubiera comida en la mesa. Llevar a los hijos al colegio. Mantener la casa funcionando. En cambio, las hijas eran más propensas a describirse a sí mismas a través de la identidad y los valores personales.

«Son las mujeres las que cargan con la cultura a través de las fronteras», dice. «Y hay tanta pena en eso, y lo hacen con tanta gracia».

Esta percepción sigue dando forma a su trabajo terapéutico. Muchas de las mujeres que atiende están navegando por patrones de apego formados en familias moldeadas por la migración. Lo que aparece como dificultad en las relaciones o la comunicación en la edad adulta a menudo se conecta con lo que se expresaba, lo que se reprimía y lo que era necesario para la supervivencia dentro del hogar.

No se trata de asignar culpas. Se trata de entender el contexto. Junto a su práctica terapéutica, Nibarna es también codirectora de Anbu UK. La organización apoya a personas tamiles afectadas por abuso sexual infantil a través de la defensa de derechos, recursos, sensibilización y espacios de conversación culturalmente informados.

Se unió a Anbu durante su propio proceso terapéutico, en un momento en que se preguntaba hasta qué punto los espacios terapéuticos convencionales resultaban accesibles. En su experiencia, la terapia en el Reino Unido a menudo refleja un contexto blanco y de clase media que no siempre tiene en cuenta las realidades de comunidades moldeadas por la migración y el silencio.

A través de Anbu, pudo participar en conversaciones que a menudo quedan sin decir. Talleres, trabajo de sensibilización y participación comunitaria permiten a las personas tamiles explorar la salud mental de maneras que se sienten más arraigadas culturalmente. El trabajo abarca generaciones, abriendo un lenguaje en torno a experiencias que históricamente han sido difíciles de articular.

A lo largo de este trabajo, una verdad subyace a todo. Incluso donde hay tensión, muchas familias están impulsadas por la necesidad de protección. Los padres que han vivido migración o inestabilidad suelen desear seguridad y oportunidades para sus hijos. Pero ese instinto también puede dificultar la expresión emocional, especialmente en torno a la vulnerabilidad, la intimidad y la salud mental.

Las mujeres tamiles a menudo navegan por ambos lados de esa herencia. Son conscientes de los miedos y los dolores que sus madres guardaban, al mismo tiempo que intentan articular sus propias necesidades con mayor apertura. Lo que está empezando a cambiar es el espacio para hacerlo. El trabajo comunitario, junto con la terapia, está permitiendo que más mujeres hablen de sus experiencias de maneras que se sienten válidas y comprendidas. No se trata de rechazar el pasado. Se trata de encontrarse con él con más lenguaje, más honestidad y más cuidado.

En muchos sentidos, la historia vuelve a lo que siempre estuvo ahí.

Las mujeres que construyeron, cargaron y sostuvieron la vida a través de las fronteras están siendo vistas ahora con más claridad, no solo por lo que hicieron, sino por los cimientos de comunidad que construyen juntas.

(Traducido por Camila Marquez) – Fotos  proporcionadas por Evie Ratnaventhan y autorizadas para su publicación en The Prisma

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