El negocio de los búnkeres dejó de ser una extravagancia marginal para convertirse en un mercado internacional en expansión alimentado por el miedo a guerras, desastres climáticos y amenazas globales. Empresarios tecnológicos, figuras públicas y hasta miembros del entorno político estadounidense invierten millones en estos refugios subterráneos.
Roberto F. Campos
En un mundo cada vez más convulso, donde las guerras se libran con misiles y las potencias nucleares elevan su tono, un negocio crece en la clandestinidad: el de los búnkeres de protección.
Lo que durante la Guerra Fría era un símbolo de paranoia se convirtió en una próspera industria que mueve cientos de millones de dólares, con clientes que van desde magnates tecnológicos hasta miembros del gabinete de la Casa Blanca de los Estados Unidos. En Sulphur Springs, Texas, la empresa Atlas Survival Shelters se transformó en el epicentro de esta fiebre subterránea. Su fundador, Ron Hubbard, de 63 años, lo describe sin rodeos: El respeto y la demanda por el producto están en su punto más alto, como nunca lo había visto.
Desde la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero de 2026, las consultas se multiplican por 10. Me inundan las llamadas, confiesa Hubbard.
La empresa, que facturaba unos dos millones de dólares mensuales, prevé que esa cifra se dispare hasta los 50 millones en el próximo mes. Espero que mis ventas superen los tres años anteriores en los próximos dos meses, añade.
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ero no se trata solo de temores fundados en la geopolítica. El auge de los búnkeres, que el mercado de investigación UnivDatos proyecta con una tasa de crecimiento anual de 7,79 por ciento hasta 2033, responde a una confluencia de amenazas que incluyen la inteligencia artificial descontrolada.
También abarca los ciberataques, los patógenos diseñados en laboratorio y el cambio climático. El mercado de los búnkeres dejó de ser exclusivo para multibillonarios. La horquilla de precios es tan amplia como las prestaciones: Veamos, Modelos básicos: Un búnker para cuatro personas, diseñado para resistir una semana bajo tierra, cuesta alrededor de 25 mil dólares. Las opciones low cost, como búnkeres prefabricados para dos personas, pueden encontrarse por unos 15 mil euros en el mercado europeo.
En el extremo opuesto, las instalaciones pueden superar los cinco millones de dólares. Están diseñadas para estancias de años, no de días, e incluyen salas de estar con televisión, dormitorios, cocinas, lavanderías, sistemas de cultivo hidropónico, piscinas e incluso salas de música o campos de tiro.
La tecnología es clave: las puertas herméticas, las cámaras de descontaminación y los sistemas de ventilación de accionamiento manual (con manivela, como los coches antiguos) son estándar en sus modelos.
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ompradores de bunkeres
El perfil del cliente se diversifica, pero hay nombres que llaman poderosamente la atención. Entre los clientes de alto perfil, Hubbard confirma que al menos dos miembros del gabinete del presidente Donald Trump adquirieron recientemente sus búnkeres.
Aunque no revela sus identidades, el dato refleja que el temor a una guerra total cala en los niveles más altos del poder.
Además, figuras públicas como el magnate tecnológico Mark Zuckerberg (quien encargó un diseño a la empresa), la socialité Kim Kardashian y los influencers Andrew Tate y MrBeast reconocieron públicamente tener estos refugios.
La demanda no solo viene de Estados Unidos. Hay clientes muy activos en países del Golfo como Bahréin, Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos.
Mientras que para algunos es una póliza de seguro razonable, para expertos en desastres y activistas antinucleares se trata de una peligrosa ilusión. La Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de Estados Unidos (FEMA) sostiene que los búnkeres no son necesarios para la población general.
En su guía de 100 páginas sobre respuesta a una detonación nuclear, la agencia recomienda simplemente entrar y quedarse dentro del edificio más robusto disponible, idealmente un sótano, y alejarse de las paredes exteriores durante al menos un día.
Brooke Buddemeier, especialista en seguridad radiológica del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore, explica que esta exposición a la radiación es totalmente prevenible, porque ocurre después de la detonación.
Según sus modelos, los supervivientes de una explosión nuclear tienen unos 15 minutos para buscar refugio antes de que caiga la lluvia radiactiva. Va a ser literalmente arena cayendo sobre tu cabeza, describe Michael Dillon, otro científico del mismo laboratorio. La visión más crítica proviene del movimiento antinuclear.
Alicia Sanders-Zakre, de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), señala que los búnkeres no son una herramienta para sobrevivir a una guerra nuclear, sino una herramienta para que una población pueda soportar psicológicamente la posibilidad de una guerra nuclear.
El congresista demócrata James McGovern es aún más directo: Si alguna vez llegamos a una guerra nuclear total, los búnkeres subterráneos no van a proteger a la gente. PL
(Fotos: Pixabay)











