«Todo era para siempre, hasta que ya no lo fue» es uno de esos libros que trastoca los supuestos comunes acerca de algo que ha sido empaquetado y presentado para su digestión acrítica.
Sean Sheehan
La vida en la URSS, antes de que implosionara en 1989, suele caracterizarse en términos binarios: el comunismo era malo, basado en la coerción y el miedo, mientras que la libertad era un asunto privado y se cultivaba en secreto. Alexei Yurchak expone esto como una simplificación, una que ignora cómo la gente lidió con las contradicciones. La implosión les llegó como una conmoción, pero con el tiempo muchos la vieron como algo que estaba destinado a suceder. Estas dos perspectivas deben mantenerse en unidad.
Yurchak examina un conjunto de fuentes de la era soviética —desde documentos hasta diarios— entre las décadas de 1950 y 1980 y las pone junto a relatos retrospectivos y entrevistas realizadas en las décadas de 1990 y 2000 a antiguos ciudadanos soviéticos.
El autor muestra cómo la relajación del discurso público por parte de Gorbachov puso de relieve las paradojas de la vida durante el periodo del socialismo tardío de la URSS. Muchos, si no la mayoría, de los ciudadanos soviéticos estimaban las ideas y los ideales básicos de la vida socialista mientras que solo rendían un tributo superficial a la ideología autoritaria del gobierno.
Sabían que las elecciones de funcionarios estaban amañadas de antemano, pero aceptaban los actos ritualizados sin abandonar la creencia fundamental en el valor de la igualdad de cuidados y servicios, el desinterés y la amistad.
Los jóvenes, especialmente, podían abrazar los atractivos de lo que Yurchak llama «el Oeste Imaginario» sin renunciar a los ideales del comunismo; creían que ambos «podrían rearticularse juntos en un mismo discurso sobre una sociedad futura».
«Poder y posesión en la Revolución Rusa» retrocede al comienzo de esta historia: octubre de 1917 y el nuevo lenguaje que podía oírse en las calles. Palabras como domkom, para los comités elegidos por los residentes de un bloque de apartamentos para administrarlo, anunciaban un desmantelamiento de los derechos de propiedad existentes y de las jerarquías sociales. Un nuevo léxico anunciaba la desposesión de la propiedad privada y el motivo del lucro. Era un valiente mundo nuevo.
El enfoque del libro, dice la autora O’Donnell, es «el destino de la propiedad en lo que fue una revolución abiertamente socialista». No había un modelo para lo que estaba a punto de suceder y fue un proceso complejo que afectó la vida cotidiana dela gente corriente. Los relatos detallados de experiencias personales resultan de una lectura fascinante.
El libro, aunque admirablemente bien documentado, carece de la empatía y el alma que hacen que el estudio de Yurchak sea tan convincente —lo que falta es el modo subjuntivo y, en lugar de un sentido de lo que podría haber sido, O’Donnell está más ocupada con lo que se perdió.
Detrás del tono de objetividad desapasionada hay poca simpatía por la naturaleza de la agitación que se estaba poniendo en marcha después de octubre de 1917.
«Everything was forever, until it was no more», de Alexei Yurchak, y «Power and possession in the Russian Revolution», de Anne O’Donnell, son publicados por Princeton University Press.











