Las empresas mediáticas callan y la oposición se ancla a las plataformas digitales, mientras abandona por completo el trabajo comunitario. En ese vacío, mediante redes solidarias, denuncia y un espíritu erasmista, la ciudadanía debe enfrentar estigmatizaciones, listas de incómodos y ejecuciones extrajudiciales.
Germán Ayala Osorio*
El régimen que recién se instaló en Colombia no nació con Abelardo Gabriel de la Espriella Otero. Es el mismo que lleva operando en el país más de doscientos años y que se caracteriza por la captura privada (mafiosa) del Estado, el sometimiento de los ecosistemas naturales a procesos violentos de transformación y eliminación de sus servicios ambientales y la escisión de la sociedad entre “buenos” y “malos”; entre “inservibles” y “necesarios”. El país de la atrocidad está de regreso. Al final, sobre esos estratégicos ecosistemas veremos ganadería extensiva, monocultivos de caña de azúcar, palma africana y coca; carreteras para beneficiar a los propietarios de esas haciendas y por supuesto, los procesos de gentrificación urbana que borrarán cualquier recuerdo de la existencia de humedales, ríos y alamedas.
Cali, el Valle del Cauca y el valle geográfico del río Cauca sufrieron las pisadas de quienes trajeron e impusieron el monocultivo de la caña de azúcar y las actividades de desaparición de ríos y madres viejas. A ese desprecio de la vida natural se suma el de la vida de los críticos, librepensadores, feministas, gente de izquierda y progresistas.
Que existen diferencias con gobiernos anteriores, por supuesto, pero no son estructurales: la ética acomodaticia, la inmoralidad, el doble rasero y el talante antidemocrático se mantienen como características fundantes de ese régimen de terror que está de regreso, después de la obligada pausa que significó el gobierno de Petro.
Hay, eso sí, actores nuevos como las redes sociales, el surgimiento no explosivo de medios y periodistas independientes que a diario enfrentan las mentiras y las medias verdades de unas empresas mediáticas que optaron por “comer calladas” ante decisiones del alto gobierno que benefician, como es tradición en el país, a cuatro o cinco familias mega ricas que recuperaron la Casa de Nariño, con su capataz y la servidumbre completa, para continuar haciendo negocios, empobreciendo a los colombianos y generando las condiciones socioambientales y ecológicas que nos harán sentir la solastalgia que suele dejar un modelo de desarrollo a todas luces insostenible y responsable de las pluricrisis que llegan de la mano del cambio climático.
Digamos que ese es el panorama y la situación real que enfrenta el país. La pregunta es: ¿Qué podemos hacer los ciudadanos de a pie? Resistir es la primera palabra que se viene a la cabeza. Otros recomiendan hacer redes solidarias para intercambiar información, ejercicios de análisis e incluso de prospectiva y para advertir de peligros asociados a la presencia de los viejos “tiras” y la creación de listas de gente incómoda para el gobierno.
Se escuchan decir los vocablos documentar y denunciar aplicados a prácticas violatorias de los derechos humanos, muy propias de regímenes de ultraderecha como el que recién empieza en Colombia su caravana de persecuciones, estigmatizaciones y desapariciones simbólicas y físicas.
Ya se habla de los primeros “falsos positivos”, el cruel eufemismo con el que la prensa evita llamar ejecuciones extrajudiciales o crímenes de Estado. Los casos de Ricardo Andrés Martínez Rodríguez y Donovan Balanta dan cuenta, aunque con evidentes diferencias, de que está de regreso la violencia policial aún no rechazada por el alto gobierno. Silencio sepulcral ante los reclamos de la Defensora del Pueblo y el registro en redes sociales y medios internacionales de los hechos que llevaron a la muerte a los dos jóvenes.
Lo peor que podemos hacer como ciudadanos es callar y naturalizar lo que ingenuamente y durante cuatro años creímos que había sido proscrito en el país: la violencia estatal. Se escucha muy débil, casi imperceptible, la voz de la oposición, de los periodistas independientes y del resto de los ciudadanos que ya advierten el peligro en el que está el país, sus instituciones y recursos naturales.
El Pacto Histórico, con todo y su fractura interna, sigue anclada a las redes sociales y a hacer las réplicas, y se olvidaron del trabajo comunitario y la generación de actividades contra discurso.
Apelar a los sempiternos grimorios no ayudará en nada a cambiar el destino que la ultraderecha neoliberal y camandulera nos propone para estos cuatro años. Como tampoco ayuda pensar que el gato montes de la casa de gobierno es un belcebú, cuando apenas si le alcanza para ser fanfarrón y fierabrás. Mucho menos sirve la coprolalia que se ve en las redes sociales para descalificar su mandato. Eso sí, a pesar del miedo que genera la ultraderecha con todo y sus aparatos ideológicos y represivos de Estado hay que mantener hasta donde sea humana y racionalmente posible el espíritu erasmista de quienes creemos que es posible convivir en medio de las diferencias y nos oponemos a la doctrina del enemigo interno extendida por el uribismo a todo aquel que se opusiera en ese entonces a lo que decía su Mesías, convertido hoy en un débil carcamal que aplaude en silencio todo lo que dice y hace su creación política.
Falta mucho tiempo. De pronto, el real milagro es que sobrevivamos a esta nueva embestida de la ultraderecha, peligrosamente más religiosa, fanática, fanfarrona, hipócrita, sicofante y tanática.
*German Ayala: Politólogo, Especialista en Humanidades Contemporáneas y Comunicador Social-Periodista. Autor del blog La otra tribuna.
(Fotos: Pixabay)











