Globo, Latinoamerica, Reino Unido

Alcance de la solidaridad y la medicina preventiva

Al hablar por estos días de la pandemia que azota al mundo, mi hija recordó un episodio de salud que vivió aquí, donde la medicina del alma frente a la del dinero hizo la diferencia en su pronta recuperación.

 

Nubia Piqueras Grosso

 

Impactada por las imágenes dantescas que circularon por las redes sociales sobre la Covid-19, a su mente retornaron los días de agosto de 2019 en que una fuerte bronquitis asmática le robó el aire como el nuevo coronavirus lo hace hoy con millones de personas en el planeta, aquejadas por esta letal enfermedad respiratoria.

Luego de aplicar, sin resultados, algunos remedios caseros, recurrimos al médico en busca de un alivio. Sin embargo, su sorpresa superó la imaginación y cualquier historia que le hubieran contado.

En medio de la bocanada de aire que desde un nebulizador llegaba a sus débiles pulmones para mejorar la respiración, un ‘experimentado’ doctor solo hablaba de un tratamiento de 800 dólares para bajar de peso, como si lo más importante en ese momento fuera mejorar su forma para romper corazones.

Pero lo triste fue que ni la consulta, que costó 60 dólares, ni el tratamiento, ni los antibióticos inyectables de 40 dólares cada uno, aplicados en un confortable consultorio en uno de los hospitales privados más lujosos de Panamá, pudieron calmar el malestar que la fuerte tos le provocaba.

Sin embargo, desde una modesta consulta en uno de los centros públicos de salud de esta capital (Irma de Lourdes Tzanetatos) llegó la luz y el alivio.

Y es que a diferencia de su ‘experimentado’ colega panameño, el doctor Reymar Alvarado aplicó la filosofía humanista de la medicina aprendida en Cuba durante sus seis años de estudio, en la que la vida del paciente es lo más importante.

Después de un exhaustivo reconocimiento físico, placa y análisis de sangre, procedimientos de rutina obviados por el otro galeno, cuyo nombre prefiero no mencionar por ética, el diagnóstico del joven galeno fue certero: bronquitis asmática.

Un gran consuelo se apoderó de nosotras, el mismo que uno siente cuando es atendido por los médicos cubanos, y de inmediato comentarios, vivencias y comparaciones comenzaron a fluir durante la amena conversación, en la que rememoró todo lo aprendido en la isla.

En Cuba, Reymar no solo conoció E, esa que no escatima recursos y esfuerzos para mantener sana a la población.

No, también conoció el valor de la medicina del alma, la que un buen médico entrega a cambio de un simple agradecimiento como el que hoy seguramente le profesan pacientes recuperados de Covid-19.

A su memoria también llegaron las intensas jornadas de estudio y atención médica en los consultorios de la comunidad y hospitales, donde no pocas veces enfrentó al médico que llevan dentro los cubanos como parte del alto nivel educativo de su población.

Tampoco faltaron las palabras de agradecimiento para sus profesores y el Gobierno de la mayor de las Antilas, las mismas que a menudo profesan los 818 médicos panameños graduados en Cuba hasta el 2018 como Tania González, quien actualmente labora en la caribeña provincia de Bocas del Toro.

“Gracias a Cuba soy la profesional que quiero ser para dar y contribuir a mi país y el mundo. Gracias al Comandante en Jefe (Fidel Castro) que nos soñó como un ejército de batas blancas esparcido por el mundo en cada rincón, brindando lo que necesita el mundo: salud”, dice esta egresada de la Escuela Latinoamericana de Medicina en 2008.

Durante sus seis años de estudio, la joven doctora conoció lo que es ser cubano, vivir la ‘cubanía’ en una isla bloqueada y ver la lucha diaria, el amor y la solidaridad infinita, por eso desde entonces estoy orgullosa de que la mitad de mi corazón sea cubano. “Durante esos siete años yo no supe lo que mi hijo comía, pero lo que sí sabía era que comía todos los días, y eso se lo debo al Gobierno y el pueblo de Cuba, pese a ser un país bloqueado’, subraya. (PL)

(Fotos: Pixabay)

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