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El reto de reformistas y revolucionarios

Las fuerzas sociales y políticas que buscan el cambio en Latinoamérica y el Caribe se proponen superar el modelo neoliberal que ha entrado en crisis profunda en todo el planeta.

 

Juan Diego García

 

Este modelo de capitalismo es mucho más que una política económica cuyo eje fundamental da al mercado la mayor hegemonía posible, reviviendo la vieja consigna del  “dejar hacer, dejar pasar”.

El neoliberalismo que se impuso en esta región desde los años 70 del siglo pasado ha impuesto formas nuevas al Estado y al mismo orden social. Nuevas reglas en las relaciones internacionales que se podrían denominar como neocoloniales y, en armonía con todo ello, la imposición de  una nueva cultura acorde con el darwinismo social que encarna el neoliberalismo. Para las fuerzas sociales del cambio en Latinoamérica se presentan entonces dos grandes retos, asociados a la meta de superar el modelo neoliberal.

Uno es el superar los obstáculos estructurales que determinan la enorme desigualdad en todos los órdenes reflejada en el atraso y la pobreza.

El otro es el reto de terminar con el vínculo desventajoso que une a e Latinoamérica con el tejido mundial para superar su condición de naciones periféricas, prescindibles y de socios menores de las metrópolis, en particular de Europa y los Estados Unidos.

Si se revisan los programas de las fuerzas sociales y políticas que en esta coyuntura encarnan el cambio en Latinoamérica y el Caribe se puede constatar que al menos dos serían las tendencias principales: quienes se proponen salir del modelo neoliberal vigente y en crisis pero no cuestionan en lo fundamental al sistema capitalista.

Sus programas apuntan a conseguir la democracia y la modernidad en todas las esferas del orden social manteniendo el ideario liberal como norte; una suerte de capitalismo que en muchos aspectos sería una vuelta relativa al modelo keynesiano en la reforma interna y el impulso de formas adecuadas de proteccionismo. ¿No lo hacen acaso los países metropolitanos?

La gran debilidad de este proyecto de los reformistas criollos es que no cuentan con sectores decisivos de la gran burguesía dispuestos a apostar por este tipo de soluciones. La llamada “apertura” de los mercados ha golpeado mucho a los sectores medios del empresariado y ha “proletarizado” a no pocos en la pequeña burguesía rural y urbana. Los sindicatos no son precisamente fuertes en  Latinoamérica, donde hay procesos de desindustrialización  y de represión oficial y paramilitar.

En Colombia, por ejemplo, los sindicatos han sido literalmente exterminados y solo sobreviven, difícilmente, en algunos sectores minoritarios aunque decisivos.

Por eso los reformistas enfrentan la batalla con fuerzas sociales muy debilitadas y con niveles de organización que deben mejorar. No es fácil que consigan respaldos suficientes para acceder al gobierno y gobernar.

En su contra están además los grandes grupos empresariales (nacionales y extranjeros) que son los mayores beneficiarios del modelo neoliberal, así como buena parte de las estructuras estatales, claves para impulsar las reformas.

Deben contar con la hostilidad de los cuarteles (militares y policías) que, salvo excepciones, son siempre la opción permanente de los grandes grupos de intereses (nacionales y  extranjeros) si las fuerzas del cambio ponen en riesgo sus actuales privilegios.

Sin embargo, los partidarios de una revolución, es decir, de ir más allá de la reforma del capitalismo parecen sin embargo coincidir con los reformistas en el objetivo de impulsar los cambios sin afectar la esencia del orden capitalista.

Estas fuerzas políticas y sociales, en términos generales comparten con los reformistas la necesidad de avanzar de forma prudente y en armonía con la real correlación de fuerzas disponible. La idea es no provocar combates imprudentes que frustren avances posteriores.

Inclusive quienes aún se mantienen en armas –caso de Colombia- no proponen la revolución socialista de inmediato y se declaran su acuerdo con las reformas que apunten a resolver los padecimientos más agudos de las mayorías sociales. Piden que exista un compromiso efectivo de hacer cumplir las propias normas del orden burgués; o sea, civilizar la acción política, modernizar y democratizar su ejercicio, impulsar reformas que perfectamente compatibles con un orden burgués.

Desde esta perspectiva parece posible avanzar hacia una alianza con bases sólidas entre reformistas y revolucionarios.

En algunos casos, en las alianzas serán predominantes las fuerzas partidarias de la reforma del sistema sin superar el capitalismo (México, Argentina y Brasil, por ejemplo).

En otros, quienes aspiran a construir un orden social esencialmente nuevo y alcanzan la hegemonía en el proceso (en Perú y Bolivia, por ejemplo) entienden la reforma como un paso inicial en el proceso de cambios, un paso que en el futuro permita alcanzar un orden social diferente.

Para los reformistas la reforma es entonces el punto de llegada. Para los revolucionarios, el punto de partida.

En muchos casos los reformistas no muestran suficiente energía como para superar el modelo neoliberal y muestran pocos avances en la formulación del tipo de capitalismo al que aspiran.

Sus derrotas temporales en países como Uruguay y Brasil pueden servir de referencia para el debate sobre las posibilidades y límites de la reforma en estos países periféricos.

Pero reformistas y revolucionarios tienen un reto común y de gran trascendencia: la cuestión nacional.

Se trata de formular un proyecto que permita superar el atraso y la pobreza actuales y que consiga que sus naciones superen la condición de simples proveedores de materias primas, mercancías de escaso valor agregado y mano de obra barata para los mercados metropolitanos. Se trata de poner fin al actual sistema de endeudamiento externo que sustrae buena parte de la riqueza nacional en beneficio los centros mundiales de la especulación; se trata de reformar radicalmente sus fuerzas armadas para que sean realmente nacionales y no solo instrumentos de la gran burguesía criolla.

Se trata de impulsar una industrialización básica que vaya más allá de los tradicionales modelos “desarrollistas” de antaño y avanzar en la integración regional para fortalecer la presencia de Latinoamérica y el Caribe en el escenario internacional.

(Fotos: Pixabay)

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