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Un patrón es un mensaje

Los movimientos en el espacio, las series de momentos seguidos y trazados, revelan constelaciones formadas por las conexiones de los momentos entre sí.

 

Sean Sheehan

 

Lo que entra en juego son las coordenadas, las iteraciones, las adyacencias, los parámetros, las proporciones y similares; y, cuando se calculan y se trazan las variables, se registran los patrones subyacentes en el movimiento de los cuerpos a través del espacio.

Reducir las coreografías resultantes a meras cuestiones de geometría es privar al tema del escrutinio concentrado y el peso intelectual que Tom McCarthy le aporta en su última novela “The making of incarnation («La fabricación de la encarnación).

La trama gira en torno a una serie de acontecimientos que se solapan por su preocupación común por la estructura y la interpretación de los patrones que se muestran cuando se observa minuciosamente un área estrictamente definida del comportamiento físico humano.

La obra de Lillian Gilbreth, que no es de ficción, sirve de inspiración, sobre todo por la forma en que utilizaba finos hilos metálicos, colocándolos en cajas negras recortadas, para representar las trayectorias del movimiento de un trabajador.

Gilbreth lo hizo realmente, pero McCarthy se inventa un científico soviético afín, Vanins, con el que mantiene una correspondencia ficticia. Gilbreth y Vanins, al parecer, se acercan a la posibilidad de un algoritmo maestro, un código fuente subyacente, en “la fugacidad de la efimeridad superficial”.

Si hay algo más en los movimientos en el espacio que una «gramática infinitamente mutante», se encontrará en una caja negra de Gilbreth numerada 808.

Las intrigantes referencias a esta caja como explicación de “todo” despiertan el interés de diferentes partes y una investigadora encuentra su acceso a los archivos misteriosamente restringido cuando la busca.

Otros aspectos del libro son la simulación de un paseo en tobogán en un túnel de viento para calcular cómo afecta la turbulencia a la resistencia, la fuerza lateral, el balanceo y el cabeceo, y el complejo cgi en el rodaje de una película de ciencia ficción, «La encarnación».

Las configuraciones de tipo cinético están por todas partes, a la espera de ser trazadas y codificadas, ya sea para maximizar los beneficios (como ocurre con los estudios de tiempo y movimiento impulsados por la industria) o con la esperanza de que la experiencia y el conocimiento puedan transformarse, “rehacerse como una potencialidad sin límites”, como recuerda Vanins el sueño que una vez impulsó su trabajo.

“The making of incarnation” decepcionará a los lectores a los que les gustan los personajes de ficción con los que empatizar, sus relaciones emocionales con los demás expuestas para una inspección vicaria. McCarthy no lo hace.

A él le preocupan las ideas, la búsqueda insaciable del Santo Grial, una meta-gramática, y el materialismo, la geometría ilustrada, que siempre nos devuelve a nuestros cuerpos y a las leyes físicas de nuestro planeta.

En la novela se cita la observación de Norbert Weiner sobre que un patrón es un mensaje, pero en el capítulo final del libro, volviendo a la filmación de “La encarnación”, es difícil encontrar un sentido en los espacios abisales, el vacío interestelar y los accidentes de la vida que pueblan la negrura en el corazón del universo.

Si le gusta su ficción modernista sin rodeos, sin cordiales ni pétalos de flores en el borde del vaso, tómese un profundo trago de “The making of incarnation”.

“The making of incarnation”, de Tom McCarthy, ha sido publicado por Jonathan Cape.

(Traducido por Mónica del Pilar uribe Marín)

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