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Una ilusión de la movilidad social

Nunca sentí que encajaba, que pertenecía. En lugar de ello, siempre he tenido la sensación de ser un intruso, un extraño.

 

Steve Latham

 

Ocupo mi posición actual en la sociedad simplemente por accidente. Si ellos (quienesquiera que “ellos” sean) se llegasen a enterar, me rechazarían.

En gran parte, este sentimiento es sobre la experiencia de la clase inglesa. Este no es el concepto marxista, donde la posición de clase se define en relación a los medios de producción. En su lugar, esta espinosa sensación de indignidad es un epifenómeno de la educación y la cultura; lo que el teórico cultural Raymond Williams denominó “estructuras de sentimiento”.

Aprendemos cómo interactuar con aquellos que percibimos como nuestros superiores sociales, que se consideran a sí mismos como tales… Un sentimiento reforzado por siglos de privilegio.

Se puede ver como el legado de la aristocracia, que absorbió a los nuevos ricos de la alta burguesía en el desarrollo del capitalismo.

Poder, prestigio y privilegio. No era por tanto la posesión de dinero en sí mismo, sino la necesaria “reproducción”; no biológicamente, sino a través de la inculcación de los valores y saberes adecuados en la élite.

Para el Reino Unido, esto fue sumamente la función de las escuelas privadas – para producir los futuros gobernantes del imperio.

(Gran Bretaña llama, de forma infame, a sus escuelas privadas “escuelas públicas”, cuando éstas se reservan para los ricos que pagan la entrada. Esta es una herencia de la Edad Media, cuando todas las escuelas, incluso las de caridad, como en muchos países del hemisferio sur hoy día, es necesario pagar para poder asistir.)

En Gran Bretaña, estas escuelas siguen cumpliendo esta función. Por ejemplo, el primer ministro David Cameron y el alcalde de Londres, Boris Johnson, asistieron ambos a la escuela de Eton.

Pero para muchas personas con una jerarquía más baja, que se consideran a sí mismos como una clase media sólida y aburrida, lo mismo es cierto.

Ellos son en realidad parte de la clase alta, que ocupan posiciones de poder e influencia: en los negocios, la política, los servicios sociales, organizaciones benéficas e iglesias.

Su origen social produce una confianza inconsciente, un sentimiento de derecho de uno a estar aquí, un sentido de su propia valía.

El resto de nosotros luchamos plagados de dudas, ansiedad e inseguridad; trabajando duro para superar nuestra herencia de inferioridad y carencia de lugar.

En mi generación, algunos de nosotros conseguimos salir de la clase obrera por el trabajo duro a través del éxito educativo, a través del sistema de la escuela secundaria.

Este sistema dio una ilusión de la movilidad social, desviando un pequeño grupo de niños inteligentes de las grandes masas, pero a costa de alejarnos de nuestra cultura.

Recuerdo haber sido objeto de burla en la escuela secundaria por mi fuerte acento de Lancashire.

Este acento se convirtió nuevamente en una característica determinante en la Universidad.

Aquí me encontré con auténtica gente elegante de clase media del sur, con una de los cuales me casé. Sin embargo, todavía conservo en lo profundo de mi psique el mismo muchacho quejumbroso de la clase obrera.

Me siento como Joe Lampton, el héroe de la novela de 1950 de John Braine “Lugar en la Cumbre”, como el muchacho de clase obrera de la escuela primaria que ha ido a mejor.

¿Sueno como si estuviese resentido, con un chip en el hombro? Sí. Porque sé que todavía hay muchos más que experimentan esta mendicidad cultural hoy día.

(Traducido por Ana Carballo) Fotos: Pixabay

 

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