Globo, Mundo, Reino Unido

La muerte silenciosa de los Himalayas

Al norte de India, en Himachal Pradesh, el Estado donde duerme una fracción de esta cordillera que también abraza a  Nepal y China, una realidad asombra a peregrinos que llegan en busca de la  espiritualidad que ha caracterizado a esta cadena montañosa, una de las más importantes del mundo.

 

Mónica del Pilar Uribe Marín

 

Allí, en ese lugar nombrado desde el sánscrito como jimālaia , cambios irreversibles han trastornado el religioso escenario: la mayoría de los ríos han desaparecido y los que existen están contaminados (incluso el Ganges), las tierras son áridas, no se cultivan productos tradicionales, se ha perdido la noción de pueblo, los tejidos ancestrales han sido desplazados por la tecnología y la gente debe recorrer largas distancias para conseguir alimentos. A todo ello se suma la desaparición del 90% del bosque y la pérdida del sentido de refugio y tranquilidad que envolvió siempre a los Himalayas, relacionados siempre con la vida espiritual de India.

Todo empezó hace tiempo, cuando iniciaron las guerras fronterizas de India, que involucraron a Cashimir, Himachal Pradesh y Uttar Pradesh y países como China, Pakistán y Afganistán. Guerras que han buscado autonomía e independencia territorial y política y que han deformado la esencia geográfica de la región pues las cuevas donde antes la gente ingresaba para visitar santos se convirtieron en refugio de soldados y fugitivos.

Después fueron los extranjeros, cuyas costumbres incidieron en la vida cultural y religiosa de Himachal, creándose una nueva estructura económica relacionada con la «religiosidad de las peregrinaciones”.

Los viajeros que antes dejaban obsequios en los templos, hoy buscan la vida fácil, hoteles y restaurantes con las comodidades que tienen en sus países, recorren las estrechas calles en pos de artículos para mostrar a su regreso e incluso indagan por la forma de pasar  “un buen rato con alguien especial”.

La prostitución se ha convertido en algo que crece oculta y lentamente, penetrando cada vez más las costumbres hindúes.

Otros llegan por la marihuana, cambiando el significado de la canavis, que antes importante por sus fibras para elaborar cuerdas de zapatos y  por sus semillas ricas en proteínas. Los ingresos que deja la peregrinación han permitido al Gobierno Central construir, en ciudades sagradas como Yamunatri y Gangutri, lujosos hoteles que colindan con templos destinados a peregrinos y con las llamadas “casas profanas”.

Sin embargo los beneficiados no siempre son los habitantes de las ciudades afectadas, sino los templos y comunidades locales. En los sitios desarrollados turísticamente, es precisamente donde viven  los trabajadores más pobres de Himachal Pradesh y aunque los visitantes no alcanzan a comprender la dimensión de esta pobreza, es evidente que existe. Una pobreza que ha surgido paulatinamente, desde que la gente empezó a abandonar sus actividades tradicionales.

Cambiando el rostro

Hace más de 50 años el pastoreo era la primera economía en la región y permitía a la agricultura tradicional ser importante porque facilitaba la lana, el abono que dejaban las ovejas y cabras al pasar, dando fertilidad a las cosechas.

Durante el invierno los pastores sobrevivían porque las comunidades asentadas les brindaban arroz, trigo, sorgo, garbanzos y  frijoles. Y éstas a su vez les suministraban  carne de oveja para el frío.

Entonces el comercio de la lana era vital. Pero con el tiempo el comercio se fue reduciendo, en buena parte debido a los conflictos entre China e India, y hoy son inusuales los tejidos de lana.

A esto se suma que el Gobierno de India considera al pastoreo un sistema anacrónico, que no merece políticas de apoyo y no piensa en las consecuencias ni en que en los Himalayas es necesario sustituir los ingresos, ni en que el mercado de productos tuvo que desaparecer.

Los moradores de las fincas también perdieron, pues cambiaron sus hábitos y ahora deben comprar abonos, fertilizantes químicos y adoptar una agricultura moderna, siendo el Gobierno el primer promotor de semillas mejoradas de papa y manzanas y quien directamente, en las tierras bajas, está cambiando las variedades del pasado, arroz y trigo, por híbridos de revolución verde. (En India, antes de la revolución verde, existían 20 mil variedades de arroz.

Hoy quedan 5 mil. Además las cosechas disminuyeron porque se ha tumbado el bosque de las colinas, el suelo se ha erosionado y es inútil el abono). Sin pastores, sin cultivos diversos, los Himalayas causan tristeza: del bosque que existía hace medio siglo sólo queda un 10%: han desaparecido especies nativas como robles, cedros, pinos, acacias y raíces medicinales.

También es difícil encontrar pájaros e insectos, hongos (que en el pasado representaban excelentes ingresos) y otras especies valiosas, y se hallan en extinción tigres, leopardos, ovejas, cabras y venados.

Como los bosques son escasos, la presión es cada vez más fuerte, pues hacen lo imposible para encontrar un espacio  con árboles y luego talarlos… En 1982, Indira Gandi prohibió la tala durante diez años y se manifestó contra la comercialización de la madera.

Transcurrido ese tiempo el Gobierno de Himachal mantuvo la prohibición. Sin embargo Utta Pradesh y Cashimir reanudaron la tala en manos de la Corporación Forestal, parte del Departamento Forestal del Gobierno de India.

Lo cierto es que el Gobierno Central de India ordenó a Himachal continuar tumbando el bosque, pero éste dijo que gran parte de la electricidad que recibida por los otros Estados se debía a los bosques del Himalaya y que si se quiería seguir contando con ella era preciso mantenerlos para proteger las cuencas y evitar las sequías.

¿Quién quiere una manzana?

A lo anterior se suma la presión que sobre el bosque ejerce el cultivo de manzana, así como en su momento lo ejerció el de la papa, que llegó hace más de un siglo a Shimla, capital de Himachal: se tumbó el bosque, pues antes de 1947 el gobierno apoyó este cultivo a gran escala y las pequeñas huertas caseras se convirtieron en extensas áreas que exigían poca cuidado pero arrojaban abundante cosecha, gracias a los fertilizantes.

Hoy en Shimla sobrevive sólo una colina con bosques… porque es la cuenca del río que provee agua al pueblo y se protegió el área. Paralelamente al descenso de la papa inició el ascenso de la siembra y comercialización de manzanas, sin saber las nefastas consecuencias.

nevitable, pues a finales de los 70 el Gobierno de Himachal hizo mucha propaganda a favor de la manzana, promocionando la venta de semilla, con viveros para que los campesinos compraran a precios más baratos y ofreció fertilizantes subsidiados, insecticidas, plaguicidas, información sobre cómo cultivar y subsidio en la  compra de máquinas japonesas para uso de plaguicidas.

Así, poco a poco, la gente empezó a beneficiarse con las cosechas y finalmente se logró vencer la resistencia de abuelos y padres que no querían perder la tradición de manejar la tierra. Además los jóvenes prefirieron buscar medidas más fáciles. Lo cierto es que más de una tercera parte de la población se dedica a este cultivo y el Gobierno Central considera que Himachal es la provincia de las manzanas del país y está decidido a impulsarlo y los demás Estados a imitarlo. Ante este insólito panorama líderes ambientalistas han protestado públicamente e incluso adelantado huelgas de hambre.

En ocasiones los mismos los finqueros han lamentado la pérdida de esta tradición porque la gente al recibir de dinero olvida la esencia del problema. Y si bien la manzana no es el primer producto en la economía de India, ni de Himachal, tiene demanda en diferentes partes de India, siendo Delhi, Calcuta y Madrash las ciudades desde las cuales se distribuye. Además es innegable que ha aumentado los ingresos de la región.

Sin embargo se desconoce el costo para el medio ambiente, pues se han perdido las semillas y conocimientos de las cosechas nativas de la región y se ha generado una monocultura que incrementa los problemas por plaguicidas y enfermedades.

También se agudiza la búsqueda de espacios para continuar la siembra, llegándose incluso a invadir los bosques vírgenes para talar árboles y sembrar papa y manzana.

Igualmente, debido a la erosión, la vida económica de las grandes represas se ha reducido a la mitad y hay menos electricidad, menos agua para riego y más impacto por inundaciones en época de lluvia.

Igualmente, los mismos pastores abandonaron su trabajo por las manzanas. Por eso la gran pérdida de costumbres: se ha fragmentado la vida social y, por ende, la religiosidad.

La calidad de vida tampoco es mejor, la salud ha decaído y la dieta alimenticia es deficiente, pues ahora no hay variedad de alimentos… Se está perdiendo la vida campesina. Mas, no se puede regresar al pasado y la única posibilidad de rescatar los Himalaya es volver a los cultivos tradicionales, al pastoreo, respetar el bosque… Porque el sentido religioso se ha perdido y los visitantes que hoy allí arriban desde los diferentes costados del mundo, ya no encuentran la exuberancia de los bosques, sólo montañas desoladas y un territorio violado.

(Fotos: Pixabay)

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