El continente sudamericano llevaba 14.000 años culturalmente vivo antes de la llegada de los europeos, desde los grupos nómadas cazadores y recolectores hasta el Estado multinacional y cuasi imperialista de los incas.
Las culturas antiguas nunca son totalmente recuperables, pero allí donde Homero nos dejó dos grandes textos para enigmatizar la naturaleza de los griegos preclásicos, la Sudamérica precolonial nos llega mediatizada por sus conquistadores. La segunda edición de “Ancient South America” (La antigua Suramérica), tratando de poner freno a la mirada colonial occidental, presenta las pruebas materiales de las sociedades anteriores a los conquistadores y a la cristianización forzada.
Hacía tiempo que en Sudamérica se habían inventado las bases de una civilización prístina -agricultura, sistemas de regadío, cerámica, tejidos y metalurgia-, sin que la escritura ni los vehículos de ruedas se consideraran importantes.
Existían otros sistemas de notación, como la quipa que utilizaba cuerdas anudadas, y las ruedas eran poco útiles en paisajes verticales o muy boscosos. La extraordinaria diversidad de entornos físicos dio lugar a poblaciones permanentes y al consiguiente desarrollo cultural principalmente a lo largo de los márgenes occidentales. Se cree que los primeros habitantes, originarios del norte de Asia, procedían del istmo mexicano-centroamericano, y que la agricultura sedentaria se desarrolló en el periodo 6000-3500 a.C. Las investigaciones arqueológicas en curso están bien tratadas y se dedica un capítulo a los orígenes del maíz (Zea mays mays).

Los primeros indicios de arquitectura monumental aparecen en la costa peruana; el arte de la alfarería surge más tarde en el norte de Colombia, y Chavín, en Perú, se convierte en un centro ceremonial hacia el 1300 a.C. La metalurgia y los textiles, «el arte mayor de Sudamérica», tienen capítulos propios y están bien ilustrados. La metalurgia y los textiles, «el arte mayor de Sudamérica», tienen sus propios capítulos y están bien ilustrados.
Los cambios en la densidad de población y los patrones de asentamiento se asocian con el desarrollo de la guerra a partir del 200 a.C. aproximadamente. Se dedica atención al estado conquistador de Tiahuanaco en Bolivia, quizá el primer imperio del continente, y luego a Huari en Perú antes de considerar otros grandes estados de los Andes centrales. Poseían un animal de tiro, la llama, esencial para el transporte de mercancías y para satisfacer las necesidades imperiales de los incas.
Un capítulo fascinante examina cómo la arqueología está revelando nuevas pruebas sobre el este de Sudamérica y la Amazonia. La isla de Marajó, situada en la desembocadura del Amazonas y del tamaño aproximado de Bélgica, estuvo habitada alrededor del año 1500 a.C., y su pesca se desarrolló tanto que no fue necesaria la agricultura intensiva. La arqueología de las tierras bajas se resiente de la falta de legislación de protección cultural y de la ganadería que está destruyendo el medio ambiente.

Esta maravillosa panorámica de Sudamérica llega a su fin cuando los acontecimientos de los siglos XV y XVI hacen que las sociedades de los Andes al sur de Colombia sean vulnerables a la invasión europea. Pachacuti expande implacablemente el Estado inca; el sarampión o la viruela se propagan desde la colonia española de Bunos Aires; estalla la guerra civil y los europeos explotan a los grupos étnicos descontentos y conquistan las Américas. El impacto ideológico es inmenso: «las actividades misioneras depredadoras se suceden desde 1502 y continúan hasta el presente». El insulto final, escribe el autor, es el comercio internacional de antigüedades saqueadas y el «progreso» económico que contribuye a la desaparición del pasado precolombino.
“Ancient South America”, de Karen Olsen Bruhns, es publicado por Cambridge University Press.
(Traducido por Camila Márquez)












