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«Inglorius basterds», sombras oscuras y otras revelaciones

Pudo ser un clásico más sobre tragedias de la Segunda Guerra Mundial, si la mirada tuviese nombres complacientes o seguidores estrictamente fieles a la historia, pero Quentin Tarantino siempre ha sido proclive a la audacia.

 

Fausto Triana

 

“Inglorius basterds” (Malditos bastardos) marca una ruptura dentro de los oscuros capítulos nazis de la dramática conflagración. Quiebre de patrones herméticos, de encasillamientos tal vez asfixiantes, cuerdas distantes ante los caminos trillados.

Una alta dosis de violencia, física y espiritual, y la revelación de dos actores cuyos rostros sin duda volveremos a ver para regocijo del cine: la francesa Melanie Laurent y el austríaco Christopher Waltz.

También una cierta decepción en torno al sobreactuado Brad Pitt y los guiños mal logrados a Marlon Brando. O en la solución de las tramas hacia un final con tintes de brillo y, paradójicamente caricaturales, al mismo tiempo.

Tres escenas de la película se convierten en los grandes privilegios de los espectadores.
En dos de ellas aparece Christopher Waltz, el tenebroso coronel nazi Hans Landa, cazador implacable de judíos, con su alucinante estilo de terror incisivo de las palabras.

Waltz se roba el espectáculo desde el mismo comienzo del largometraje. Melanie Laurent, la bella parisina de 26 años, ya es una de las estrellas nacientes del celuloide en Francia.

Delirios y homenajes

Triunfa en ‘Inglorius basterds’, en su duelo con el excelente actor alemán Daniel Bruhl (‘Goodbye Lenin’) y resiste el desafío de Waltz durante una tenebrosa merienda en la cual el oficial nazi se regodea en su afilado verbo amenazante.

También se luce la alemana Diane Kruger (‘Bridget von Hammersmark’) en la tercera secuencia de lujo, en una taberna, que pone a prueba a una misión de los aliados ante verdaderos oficiales nazis de las SS y la Gestapo. Están los códigos de los homenajes al propio cine, al estilo del desaparecido Sam Peckinpagh y también los delirios de Tarantino en línea con los western spaguettis. Permisible, o no, lo cierto es que destroza esquemas a la hora de tratar el séptimo arte y a la guerra.

Se sienten las ánimas de fantasmas que merodean todo el tiempo a ‘Ingloriusâ’, como si todas las facturas del pasado relacionadas con la Segunda Guerra Mundial y bajo el sello de Hollywood se dieran cita con Tarantino («Reservoir dogs», «Pulp Fiction»).

Hay burlas y risas en pasajes de los cuales ni el mismo espectador está seguro de poder resistir, como tampoco la crudeza de la violencia y ese divorcio absurdo de esos 11 minutos extraordinarios del comienzo y un final lleno de atropellos.

Todo después de estructurar diálogos de asombrosa solidez, con un histrionismo sensacional y de fragmentos irrepetibles. Algunos intentan plantarse en la intransigencia frente a lo que sin dudas es un producto post modernista. Rezuman sus ideas pantallas vanguardistas. A ratos toca el firmamento como un genio, pero en otros momentos se vuelve demasiado terrenal, grotesco y burlón.

(Fotos: Pixabay)

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