La obra «El grito», de Edvard Munch, es uno de esos cuadros que probablemente no recuerde dónde y cómo lo vio por primera vez.
Sean Sheehan
Al igual que la «Mona Lisa», ya ha estado ahí y siempre lo ha estado, y ahora, registrado al instante cuando se vuelve a ver, probablemente no reciba mucha atención.
Las manos de la figura apretadas contra la cabeza y la boca en silencio gritando se han convertido en sinónimo visual de desesperación y -la palabra utilizada para el título de una exposición de Munch y un libro de arte que la acompaña- de angustia pura.
El libro, «Edvard Munch Angst», es una presentación seria del artista y su obra que pretende ir más allá del uso trillado de su «El grito».
No es tarea fácil cuando, como alerta uno de los colaboradores del libro, se trata de una colaboración entre el Museo Munch de Oslo y un fabricante de coches eléctricos. En ella se invitaba a los visitantes a conducir un vehículo eléctrico en un recorrido por lugares de la ciudad relacionados con Munch, incluido un tramo de carretera en el que, según el material promocional, «si tiene suerte, podrá vislumbrar la vista» (de «El grito»), un momento que, según Munch, le hizo estremecerse al oír «un gran e interminable grito atravesar la naturaleza».

Con un comentario tan asombrosamente hortera como «Si tiene suerte», la promoción podría haber invitado a los visitantes a una experiencia de Munching on Despair.
Edvard Munch, nacido en 1863, tuvo unos primeros años trágicos. Su padre era un fanático religioso, su madre murió cuando él tenía cinco años y su hermana Sophie falleció de una enfermedad pocos años después.
Otra hermana desarrolló una psicosis y pasó gran parte de su vida en instituciones psiquiátricas. Él mismo sufrió episodios de enfermedad mental y se aficionó al alcohol a una edad temprana. Su traslado de Noruega a Berlín y luego a París en la década de 1890 le puso en contacto con los círculos bohemios y los estilos de vida emancipadores que encontró, tanto sociales como sexuales, no hicieron sino intensificar su soledad y angustia. Se sentía, escribió, «como un barco sin timón». A mediados de los cuarenta, desarrolló una psicosis, se volvió paranoico y fue hospitalizado, aunque se recuperó y en 1905 su salud mental había mejorado considerablemente.
Este libro constituye un antídoto necesario contra la banalización de Munch. Un interesante ensayo analiza su asociación con Die Brücke, un grupo de pintores y grabadores alemanes que contribuyeron al desarrollo del expresionismo. Quizá se podría haber hablado más en el libro de las dificultades de Munch para dirigirse a las mujeres.

Junto con otros artistas de este periodo, como Kafka, compartía una ansiedad por las mujeres que reducía su autocuestionamiento de la identidad a la histeria femenina. La fuerza de este libro reside en sus ilustraciones de la obra del artista y en el recordatorio que aporta de que fue un pintor que debería ser recordado por algo más que por «El grito».
“Edvard Munch Angst”, editado por Kerstin Drechsel, Diana Kopka y Florence Thurmes, es publicado por Hirmer.
(Traducido por Camila Márquez) – Fotos suministradas por la editorial.











