Es cierto, pero simplista, decir que la Gran Hambruna Irlandesa (1845-1851) fue causada por una plaga de patatas que azotó Europa. La reacción de la potencia colonial gobernante, Gran Bretaña, permite preguntarse si la hambruna fue un acto de genocidio.
Sean Sheehan
Un nuevo libro de Padraic X. Scanlon examina la historia del suceso y responde a las preguntas sobre su carácter genocida.
La plaga de la patata tuvo un impacto más devastador en Irlanda que en otras partes de Europa porque ningún otro país tenía a su población trabajadora pobre dependiendo tan completamente de las patatas para su subsistencia. Esto llevó a que murieran más de un millón de irlandeses y a que otros 1,5 a 2 millones emigraran (principalmente a Gran Bretaña y a Estados Unidos). Entre el hambre, la emigración y la caída de la natalidad, Irlanda perdió a uno de cada cinco de sus habitantes. Lo ocurrido está grabado en la psique irlandesa, una herida que es decisiva en la aversión que siente el país hacia Israel por imponer hambruna masiva a la población de Gaza.
La diferencia entre la hambruna en Gaza y la Gran Hambruna Irlandesa es la intención. Israel ha perseguido deliberadamente una política de hambre como parte de su campaña genocida. La intención es obtener control de más territorio y ampliar sus asentamientos coloniales; la eliminación de los palestinos se considera un requisito previo para lograrlo. En Irlanda, “no hubo ningún plan”, escribe Scanlan, “para destruir la cosecha de patata y los sucesivos gobiernos Conservadore y Whig gastaron millones de libras para combatir la hambruna”.
Donde sí coinciden las dos tragedias de inanición es en la mentalidad y las prácticas del colonialismo y la lógica capitalista despiadada que les acompaña.

El colonialismo en Irlanda, que obtenía el máximo rendimiento en alquileres para los terratenientes angloirlandeses y los propietarios británicos ausentes (entre ambos poseían el 80% de la tierra) empobreció a los irlandeses pobres y los dejó dependientes de un monocultivo.
Al igual que los palestinos, eran considerados una raza inferior y la clase media británica los veía como sinvergüenzas primitivos, reacios a adoptar la ética del trabajo industrial que garantizaba la prosperidad económica.
Scanlan describe los cambios en la respuesta del gobierno británico a la crisis en Irlanda: desde planes de obras públicas y comedores populares hasta, en 1847, el traspaso de la responsabilidad hacia los terratenientes. Para reducir su factura fiscal, éstos comenzaron a desalojar a sus arrendatarios agrícolas, además de financiar la emigración. Mientras el ganado y los alimentos seguían exportándose a Gran Bretaña, decenas de miles de personas morían de hambre y enfermedades.
En un terreno que hay frente a mi casa, unas piedras apiladas junto a un muro de piedra marcan el lugar donde fue enterrada Biddy (Bridget) Daly, quien murió de tifus y no fue llevada al cementerio de la iglesia por temor al contagio.

Una ligera hondonada en el campo donde vivía, conocida aún como el lugar de Biddy, indica dónde se encontraba su cabaña antes de que sus piedras fueran retiradas para construir un muro. Escribe Scanlan: “Y así, la culpa importa. El sufrimiento de tantísimas personas, súbditas de lo que sin duda era el país más poderoso del mundo en ese momento, exige un juicio moral”.
“Rot”, de Padriac X. Scanlan, es publicado por Robinson.
(Traducido por Monica del Pilar Uribe Marin)











