El comienzo es el «Tractatus logico-philosophicus» de Wittgenstein, en 1922, y el final llega con sus últimas notas, escritas entre 1949 y el 27 de abril de 1951, dos días antes de su muerte.
Sean Sheehan
Estas últimas notas se reunieron en forma de libro y se les dio el título «Sobre la certeza«. Nuevas traducciones de ambos libros y un estudio sobre Wittgenstein de Sandra Laugier ofrecen formas frescas de abordar a uno de los principales filósofos (¿el principal?) del siglo XX.
El título intimidante «Tractatus logico-philosophicus» no debería disuadir a los lectores de conectar con algunas de sus ideas centrales, como la afirmación de que lo que uede mostrarse no puede decirse. Una persona muestra su dignidad o su amor por otra más por lo que hace que hablando o proclamándolo; ¿no es esta la deficiencia en la práctica que algunos tienen de decir ‘te quiero’ al final de una llamada telefónica? La idea radical es que lo que se muestra no surge de la interioridad de una persona y de una decisión tomada en su interior; está ahí en lo que se hace, en el exterior.
El libro de Laugier ayuda al lector a comprender el Tractatus y su explicación de cómo la forma en el lenguaje muestra lo que dice, colocándolo ante nuestros ojos «sin el resto de nada oculto». El lenguaje se despsicologiza y el significado se vuelve situacional, lo que lleva a la posterior admisión de Wittgenstein de que estaba equivocado al pensar «que el análisis lógico tenía que sacar a la luz lo que estaba oculto (como lo hace el análisis químico y físico)».
Como dice Laugier, la filosofía posterior de Wittgenstein trata de definir el significado sin recurrir a intenciones o psicología. Los procesos mentales no se niegan, pero lo crucial es cómo el uso del lenguaje no enaltece una vida interior que sea privada.
El sentido y el significado surgen dentro de lo que él llama ‘juegos de lenguaje’ y nuestras ‘formas de vida’.
Las cuestiones del conocimiento, la creencia y la certeza adquieren un valor antropológico que supera las exploraciones de la interioridad de una persona, y la nueva edición de «Sobre la certeza» de Hacker lleva esto a primer plano.
En una de las observaciones ausentes en ediciones anteriores, Wittgenstein señala que, aunque el dolor se expresa en la expresión facial, solo puede describirse con la palabra ‘doloroso’, dando primacía a la imagen de un sentimiento privado; pero, como dice Laugier, «Interior no significa nada… sin exterior«. La interrelación está ligada a la posterior referencia de Wittgenstein a la ‘gramática’ de un lenguaje.
El conocimiento suele considerarse una creencia verdadera justificada, pero cuando, por ejemplo, creemos o sabemos que el mundo existía antes de que naciéramos, ¿en qué sentido es esto conocimiento o certeza? Estamos seguros de nuestra creencia, pero no porque, después de considerar el asunto, hayamos alcanzado un estado de conocimiento. Después de todo, ¿cuáles serían los motivos para dudarlo?: «Hay casos en los que la duda no es razonable, pero otros en los que parece lógicamente imposible» («Sobre la certeza«).
«Tractatus logico-philosophicus», traducido y presentado por Damion Searls, es publicado por Liveright; «Sobre la certeza: La nueva traducción«, traducido y editado por P.M.S. Hacker, es publicado por Wiley Blackwell; «Wittgenstein: Los sentidos del uso», de Sandra Laugier, es publicado por The University of Chicago Press.
(Traducido pro Camila Marquez)











