Los libros de historia solían ser aburridos, “un maldito hecho tras otro”, como dijo alguien, pero no “México: una historia”.
Sean Sheehan
Escrito con brío, sorprenderá a cualquiera que no esté familiarizado con la historia del país que tuvo al primer presidente negro y, posteriormente, al primer presidente indígena de América del Norte.
El libro comienza con un cuerpo hallado en Honduras en la década de 1530, atravesado y tatuado. Había liderado al pueblo maya contra los españoles durante veinte años, pero él mismo era español. Su nombre era Gonzalo Guerrero, originario de una región empobrecida de Andalucía, uno de los dos supervivientes que llegaron a la costa de Yucatán tras un naufragio en 1511. El otro superviviente nunca adoptó una identidad maya y, ocho años después, se unió a los conquistadores cuando estos llegaron. Guerrero, muy distinto a él, se había casado con una mujer maya y sus tres hijos. Escribe el autor, “podrían considerarse los primeros mexicanos”.
Esencialmente colonos en México, los españoles conectaron dos mundos que tenían algo en común. Ambos eran mosaicos de distintas sociedades. Hasta comienzos del siglo XVII había en México tantos africanos occidentales —esclavos huidos y liberados— como ibéricos. España, al igual que el Imperio azteca, era una creación reciente y España aparece por primera vez en un mapa mucho después de la conquista del país.
La Guerra de Independencia (1810–21) diezmó literalmente la población de México, pero el siglo XIX vio aumentar la población del país de trece a cien millones. No fue hasta la Revolución Mexicana (1910–20) cuando una auténtica revolución social trajo consigo una redistribución de la tierra. Las historias humanas que hay detrás de las cifras demográficas se relatan en el capítulo “Sexo, muerte y dejar el hogar”.

El régimen de partido único del PRI (Partido Revolucionario Institucional) fue finalmente abandonado en el año 2000, pero le siguieron la desastrosa Guerra contra las Drogas y la muerte violenta de más de 200.000 personas, en su mayoría civiles; para 2020, Irak era un lugar más seguro que México para los periodistas y quizá hasta la mitad de quienes murieron por informar sobre lo que ocurría lo hicieron por órdenes de políticos, no de narcos.
Abastecer la demanda de drogas de los estadounidenses, cuyo consumo de drogas ilegales aumentó un 50 % en la década previa a 2020, era un gran negocio, y la criminalidad se extendió al tráfico de personas y al trabajo sexual. El capítulo de Gillingham sobre este tema, “Ruptura”, resulta una lectura absorbente. Los actos violentos en el país acaparan los titulares pero, señala, los niveles de homicidio no son extraordinarios si se comparan con la historia estadounidense o europea.
El México contemporáneo, concluye, está sometido a tres imperios: “uno de los jefes criminales internos, uno de los guerreros antidroga estadounidenses y sus políticos dóciles, y uno de los consumidores estadounidenses de drogas que entretienen a sus compañeros de cena con recuerdos felices de niños soldados que les vendían todo lo que querían en playas del Pacífico”.
El cuarto imperio, el estadounidense, no se menciona, pero también constituye una amenaza para el bienestar de México; la presión actual para impedir que el país suministre petróleo a Cuba lo demuestra.
“México: una historia”, de Paul Gillingham, es publicado por Allen Lane (Penguin).
(Traducido por Camila Márquez)











