La mercantilización de la vida social y la atomización identitaria han erosionado las bases comunes de las sociedades occidentales. Frente a la fragmentación y la proliferación de subgrupos, surge la necesidad de un espacio público donde perspectivas enfrentadas compitan sin imponer una única ortodoxia moral.
El libro de Daniel Rodgers, “La era de la fratura”, sostiene que el consenso subyacente en la sociedad occidental se ha fracturado, y que cualquier noción de unidad cultural se ha perdido.
Se remonta a las raíces dentro del pensamiento tanto liberal como conservador del último cuarto del Siglo XX.
La derecha y la izquierda sustituyeron viejas concepciones de solidaridades colectivas por atomización individualista: ya sea mediante la comercialización de los mundos de vida histórica, o a través de la construcción social de uno mismo. Aunque aparentemente opuestos, estos procesos eran de hecho dos caras de la misma moneda: la voraz expansión del capitalismo tardío. Esta etapa en el capitalismo está disolviendo todas las normas de lo extraeconómico, sociocultural y político-intelectual dentro de las fauces del capital financiero y los indicadores económicos.
Paradójicamente, reaccionarios y progresistas también lamentan la pérdida de estas conexiones comunes.
Los reaccionarios quieren volver a imponer una moral perdida y una conformidad religiosa en la sociedad. Los progresistas quieren establecer una nueva ortodoxia ética basada en el presente orden capitalista neoliberal.
Ambos están preocupados por la fragmentación del postmodernismo. La cohesión social y la posibilidad de un intento político colectivo son amenazadas por la división de la sociedad en pequeños subgrupos.
Estas variedades se dividen en grupos de interés separados, con conflictos de intereses, y sucesivamente proporcionan la base para comprender nuestras identidades.
Esto permite la afirmación simultánea de identidades radicales que afirman ser subversivas, con una carencia de cualquier cambio al sistema como tal.
La diversidad es un valor, pero en una forma en que ninguna de las diferencias importan mientras que aceptemos la cultura del consumo. La consecuencia, sin embargo, es que donde las creencias amenazan el consenso, se consideran como una sospecha. De ahí, el malestar de Trevor Phillip ante el rechazo radical de los musulmanes por los denominados valores británicos liberales.
Pero, ¿regresaremos alguna vez a los valores morales tradicionales? ¿Y podremos alguna vez conseguir un acuerdo total sobre las nuevas buenas costumbres?
Lo que se necesita es afirmar el cosmos caótico genuino de la inherente confusión en nuestros socios emergentes, e iniciar directamente una competencia entre puntos de vista que difieren vigorosamente.
Esto exigiría lo que Chantal Mouffe llama una política agonística que acepta el conflicto entre ideologías divergentes.
Por tanto, una interacción genuina entre diferentes puntos de vista sustituiría el actual ascenso inconsciente de los valores liberales.
Porque estos son, tal y como Richard Rorty admitió, solo una versión contemporánea de la visión del mundo etno-céntrico occidental. Basado en los derechos humanos del consumidor definido por el mercado e individualista, este enfoque relativiza todos los sistemas de valores comunes o tradicionales.
Pero, ¿por qué debería el derecho de la persona para hacer dinero o definir su propio estilo de vida personal superar los intereses de la cohesión de la comunidad o la protección del entorno?
Alentar un diálogo saludable, incluso entre concepciones contradictorias, implica construir un espacio social capaz de sostener las conversaciones animadas que resulten.
El extremista islámico, el cristiano fundamentalista, el reaccionario tradicionalista, el libertario del Mercado libre, o el anarquista utópico, todos ellos pueden participar en este fórum.
Esto requiere la creación de un nuevo Areópago: el lugar donde los filósofos griegos debatieron sobre las ideas más nuevas. Un ejemplo local ha sido el Paddington Development Trust en Londres.
Aquí las parejas gays, los musulmanes conservadores, los londinenses de la clase obrera blanca, los recién llegados y los cristianos evangélicos se reúnen por el bien de su vecindario. (Memorias de The Prisma)
(Traducción de Ana Carballo) – Fotos: Pixabay












