Jaya, una madre tamil de Sri Lanka residente en Londres, reflexiona sobre la guerra, el desplazamiento y la reconstrucción de una vida después de huir durante el conflicto civil. Su historia, contada a su hija Evie, una escritora tamil británica, revela cómo la supervivencia moldeó sus decisiones del día a día, desde lo que vestían las mujeres hasta cómo se desplazaban las familias. Series The Prisma.

Entrevista y fotos: Evie Ratnaventhan
Gran Bretaña acoge a una numerosa diáspora de Sri Lanka, no obstante, las historias tamiles suelen reducirse a ideas generales de migración o conflicto. Las cifras cuentan parte de la historia, pero la vida que hay detrás de ellas es más difícil de captar.
Detrás de cada categoría del censo hay una familia que se marchó porque quedarse se había vuelto imposible. Detrás de cada “comunidad” hay alguien que recuerda un lugar antes de que el miedo lo transformara.
Jaya, de 58 años, ha vivido en el Reino Unido alrededor de 30 años. Se marchó de Sri Lanka durante la larga guerra civil que duró desde el 23 de julio de 1983 hasta el 18 de mayo de 2009, y reconstruyó su vida en Gran Bretaña.
Cuando habla de Sri Lanka, no comienza con violencia; comienza con abundancia.
“Teníamos una buena vida”, afirma. “Toda la familia estaba unida. Teníamos un gran terreno y una casa, cocoteros, árboles de mango y hojas de curry. Bebíamos agua de coco fresca directamente de la fruta”. Sus recuerdos son vívidos y cotidianos. Las mujeres traían verduras a la casa equilibrándolas sobre sus cabezas, y los niños iban en bicicleta a visitar a sus amigos.
Cuando los campos se inundaban después de la lluvia, los troncos de los cocoteros caídos flotaban en el agua. Los niños se subían a ellos y los usaban como botes improvisados.
Las historias sobre la guerra suelen comenzar solo cuando aparece el peligro. El relato de Jaya deja claro que lo que se perdió no era una estabilidad abstracta, sino todo un modo de vida.
Tenía unos 12 años cuando ese mundo empezó a cambiar. Ella no lo recuerda como un hecho aislado, sino como una creciente sensación de inestabilidad.

“Había una sensación de que cualquier cosa podía pasar”, cuenta. “Quizá tendríamos que recoger toda nuestra vida y marcharnos en cualquier momento”.
Sus hermanos fueron los primeros en abandonar el país. “Los chicos no estaban tan a salvo, así que se marcharon primero”, afirma.
ero ser una mujer tamil también conllevaba riesgos. Los marcadores cotidianos de identidad podían delatarte.
“Daba pavor incluso llevar un pottu”, afirma. “Como mujeres tamiles, eso nos delataba”.
Jaya describe a las mujeres de su comunidad como profesoras, enfermeras y amas de casa. Muchas permanecían en casa, y rara vez se hablaba abiertamente de los desafíos a los que se enfrentaban.
“Cuando el ejército llegaba, mis hermanas mayores se ponían saris para evitar que nos tocaran”, cuenta. “Pensaban que a las mujeres casadas las dejarían en paz. Tenían miedo”.
La ropa se convirtió en algo más que una tradición: pasó a ser una forma de protección. El miedo no se limitaba a lo que ocurría en tierra; se extendía al cielo. “Miedo a las bombas principalmente”, afirma. “Así pues, el cielo, que antes era algo hermoso que contemplar, pasó a ser una zona dominada por el miedo”.
El conflicto duró décadas y devastó la vida civil, especialmente, en el norte y el este de Sri Lanka. Las comunidades fueron desplazadas y los trayectos cotidianos se volvieron peligrosos.
Tras casarse, Jaya vivió un tiempo en Negombo. Viajar de regreso a Jaffna, su ciudad natal, en el extremo más septentrional de Sri Lanka, era arriesgado, con muchas rutas bloqueadas.
“La gente moría en el mar, porque esa era la ruta para volver a casa”, cuenta. “Bombas lanzadas desde helicópteros”. El silencio pasó a formar parte de la supervivencia. Incluso dentro de las comunidades, la gente hablaba con cautela.

“No podían hablar de nada”, afirma. “Los tamiles guardaban mucho silencio incluso entre ellos”. Solo hablábamos era del ejército y del trauma. Había tantos cadáveres en los pozos…”.
Jaya decidió marcharse tras tener a su hija en 1997. La decisión estuvo motivada tanto por el miedo como por el sentido de la responsabilidad.
“No era seguro, y tras tener a mi hija, quería huir”, afirma. “Se culpaba a los tamiles por el más mínimo problema, así que temíamos ser detenidos por algo que no habíamos hecho”.
“Sentí que no tenía otra opción”, añade. “Estábamos muy oprimidos. Apenas teníamos derecho a vivir allí”. Las historias de migración suelen contarse como transiciones claras. Jaya recuerda algo más incierto. Nunca había subido a un avión y viajaba con una niña de dos años. Su hija lloró durante todo el trayecto porque no quería separarse de su padre.
En un momento dado, mientras la cambiaba, Jaya olvidó accidentalmente su pasaporte. “Me asusté mucho”, cuenta. Finalmente lo encontró: ese pequeño documento que garantizaba su libertad. Al mismo tiempo sintió alivio: “Mis hermanos y hermanas estaban en el extranjero, por lo que me alegraba reunirme con ellos”.
Al principio llegó a Escocia. El entorno era desconocido y hostil. “Hacía frío y el viento soplaba con fuerza”, cuenta. Pero esa misma intensidad tenía la sensación de libertad.
“En Escocia podía llevar mi pottu y decir que era tamil”, afirma. “No me entristecía el haber dejado mi país natal. Me gustaban los colegios de aquí, así que me alegraba por mi hija”.
Describe cómo se sintió segura casi de inmediato en comparación con la vida durante la guerra. La migración no lo borró todo, pero cambió la escala del peligro.
“Por fin empecé a llevar pantalones”, afirma. “Nunca los usaba en Sri Lanka”.
También aprendió a conducir en el Reino Unido. “Ahora me encanta conducir. Es mi paz”.
Para Jaya, la paz reside en la autonomía cotidiana. No es algo dramático, pero se siente profundamente.
La maternidad en Gran Bretaña trajo consigo otro tipo de preocupaciones. El contexto cambió, pero la vigilancia se mantuvo. “No tenía miedo cuando mi hija era pequeña”, afirma. “Pero cuando cumplió los 12, empecé a sentir miedo al ver que salía sola, sobre todo, cuando se quedaba a dormir en otras casas”.
Su instinto protector se extendía más allá de su propia familia. En el Reino Unido, desarrolló su carrera como auxiliar de guardería, trabajando con niños durante casi dos décadas. Ahora dirige un equipo en una guardería. El mismo instinto que antes se centraba en su propia hija pasó a formar parte de su trabajo diario.
Su historia no refleja un simple contraste entre “inseguro” y “seguro”, sino un cambio en la naturaleza del riesgo. Ambos contextos exigían estar alerta, pero de diferente forma.
urante muchos años, Jaya no habló de sus experiencias. Minimizaba su propio trauma en comparación con el de los demás.
Pensaba que otras personas habían sufrido traumas peores, por lo que no compartía el mío”, afirma. “Sólo ahora me doy cuenta de lo terrible que fue todo”.
Cuando se le pregunta si la gente en el Reino Unido entiende lo que vivió, su respuesta es directa: “En absoluto”.
“No tienen ni idea. Ni siquiera nuestros hijos lo saben”.
Los niños suelen heredar las consecuencias sin entender las condiciones que las forjaron. El pasado se vuelve distante, incluso cuando sigue dando forma al presente.
Cuando se le pregunta qué se perdió, Jaya responde sin dudar.
“Mi primo falleció a causa de una bomba enterrada”, cuenta. “Iba en bicicleta. Las casas quedaron destruidas. Pasaron tantas cosas malas que sería difícil enumerar todo lo que se perdió”. “Perdimos una vida feliz”. Cuando se le pregunta qué se ganó, ella guarda silencio. “Nada”, responde al principio. Luego añade: “Pero los hijos de quienes han emigrado han recibido una buena educación. Supongo que eso está bien”.
Su respuesta se resiste a una narrativa simplista de progreso. Lo que se ganó no compensa lo que se perdió.
Al final de la conversación, reflexiona sobre lo que diría a su yo más joven. “Todo saldrá bien”.
Para muchas familias tamiles en Gran Bretaña, la historia comienza mucho antes de su llegada. Comienza con el miedo, la adaptación y las decisiones silenciosas que tomaron para sobrevivir. Estas historias no son algo lejano. Continúan en la memoria, en el silencio y en el día a día de quienes las llevan consigo.
(Traducido por Lidia Pintos Medina) – Fotografías suministradas por Evie Ratnaventhan y autorizadas para su publicación gratuita











