Ser inmigrante no es fácil, ni siquiera en uno de los países más multiculturales del mundo. Entre el aumento de los discursos antiinmigración, el impacto del Brexit y el endurecimiento de las políticas gubernamentales, miles de extranjeros afrontan incertidumbre, discriminación y obstáculos cotidianos en una sociedad cada vez más polarizada.

No lo es porque las costumbres, sueños, rasgos culturales, proyectos e historia que configuran su identidad, son tan diferentes que libra una lucha diaria para no perderse en ese maremágnum de nuevos códigos. O no lo es porque a veces el país de acogida estereotipa, rechaza o discrimina al forastero.
En esa lucha el inmigrante busca adaptarse, integrarse, aculturizarse; batallar con las razones que motivaron su migración, con la ausencia del legado emocional y afectivo que dejó en su país, y con lo que significa comenzar de cero.
Desde luego, hay naciones donde es más fácil ser inmigrante, adaptarse, integrarse y enriquecer el nuevo entorno con las costumbres propias. Generalmente son aquellas donde hay una historia y un idioma comunes pero, sobre todo, unas costumbres y una geografía similares. Por ello, la migración en la misma región es más fácil, más hermanable, no es tan traumática. Así pasa con las naciones de Latinoamérica, de África, de Oriente, de Europa. En el caso del Reino Unido, la experiencia de inmigrar es más amable para quienes vienen de países europeos, ya que los inmigrantes tienen, digamos, diversos ‘estatus’.
En general, a los británicos les resulta más fácil recibir, convivir y aceptar a un inmigrante de la Unión Europea, sobre todo si vienen de países como Alemania, Francia, Holanda, Suiza, Bélgica, Finlandia o Suecia, por ejemplo.
Pero ese trato ‘deferente’ empieza a ser ‘diferente’ (sobre todo desde la crisis económica y después con el Brexit en la mesa) cuando los inmigrantes llegan de Italia, España, Portugal, Polonia… Y más diferente, y ya reticente, cuando proceden de países de América del Sur y del Centro, o del Medio Oriente o de África.

Esto porque, al no ser europeos, aumentan los prejuicios y estereotipos sobre el inmigrante: entre más lejanos, más o menos salvajes, más o menos alegres, más o menos inteligibles e ilegibles, más o menos pintorescos o divertidos, más o menos inteligentes, más o menos hábiles y adecuados para ciertos trabajos, más o menos interesantes en reuniones sociales…
Claro, con el Brexit, con Theresa May y todo lo que vino en camino, la situación fue más complicada. Aunque no se puede culpar solamente a May.
Recuerdo la campaña contra los inmigrantes adelantada por David Cameron: sus redadas en cualquier lugar y a las horas más disímiles, las camionetas que portaban el letrero ‘Go Home’, su declaración de que el multiculturalismo había fallado, el discurso en los medios diciendo que venían a robar los trabajos de los británicos, a colapsar el servicio de salud y a vivir de los beneficios…
Las ciudades se llenaron de miedo y los centros de detención se llenaron de inmigrantes para tenerlos allí durante años o deportarlos sin importar que fueran asesinados en sus países.
Ese discurso comenzó a tomar forma, forma de odio, de racismo, de xenofobia, e ir al médico se volvió intimidante porque si el nombre no sonaba inglés pedían el pasaporte o decían ‘un momento’, dejando al inmigrante con la idea de haber hecho algo malo.
Y en los Job Centre empezaron a ser más quisquillosos, así, al lado de 10 inmigrantes, hubiera 1.000 ingleses colgados del sistema hacía 10 años. Ello sin mencionar el escrutinio minucioso a quienes trabajaran con inmigrantes, el parar con frecuencia a cualquiera con ‘cara de inmigrante’.
Con este clima tan profundamente arraigado entre muchos británicos que depositaban todas sus esperanzas en el Brexit como forma de expulsar a los inmigrantes, Theresa May heredó el país y el presente y el futuro del Brexit. Por supuesto, May ya había realizado «contribuciones significativas» a las políticas contra la inmigración.
En la actualidad, la situación no podría ser peor. Ya no está claro si las condiciones son más desfavorables para los ciudadanos de la UE o para los inmigrantes en general, ni si lo son más para los residentes de larga duración o para los recién llegados.
Muchos son víctimas de xenofobia, racismo, intolerancia y crímenes de odio, proveniente de una población genuinamente monocultural, arrogante, nacionalista, con un alto espíritu imperialista y fascista, que ha hecho público sus sentimientos e invade las redes sociales, crea grupos antiinmigrantes, se afinca en los tabloides de derecha, odia a los musulmanes y a los polacos y cada vez se vuelve más intolerante y agresiva, físicamente o verbalmente.

Esas actitudes las sufren los inmigrantes en los buses, en el metro, en las calles, el trabajo, la universidad, las tiendas, las iglesias, los supermercados… en todo escenario donde “esa” población británica tenga asiento.
Para empeorar las cosas, se suman los efectos de las cada vez más frías y fuertes políticas antiinmigrantes provenientes del gobierno, dificultando su vida y haciendo del Reino su infierno. Obviamente, para quienes ‘carecen de papeles’ todo es más complicado.
Es fácil, entonces, entender el impacto psicológico sobre los inmigrantes, la incertidumbre permanente, los planes que deben deshacer, el regreso forzoso a sus países, el miedo a no encontrar trabajo o a ser despedido, el estudiar con la casi certeza de que no podrán quedarse, los múltiples obstáculos para vivir tranquilos por el tiempo que sea.
Claro, no puede decirse que todos los inmigrantes viven esto ya que muchos se han nacionalizado británicos o tienen residencia indefinida y jamás han sufrido la discriminación, la xenofobia. Tampoco puede decirse que todos los británicos son antiinmigrantes (la mínima diferencia entre el SI y el NO al Brexit lo prueba; además no todos los que votaron SI son anti-inmigrantes) y existe un fuerte movimiento anti-Brexit y proinmigrantes por parte de esa comunidad británica que sabe la importancia y aportes de los inmigrantes al Reino Unido.
Lo que uno no entiende es cómo esa clase conservadora o de derecha extrema pueda ser tan dura con los inmigrantes cuando, según la Office for National Statistics (ONS) 4.8 millones de personas nacidas en Gran Bretaña viven en otros países, 1.3 millones en países de la UE. Y tienen propiedades, buenos trabajos, servicios de salud… y nadie que les moleste la vida ni les exija hablar el idioma de ese país.
Esos británicos anti-inmigrantes deberían pensar en ello, en que ellos entran y viven a donde quieran, en que han recibido ganancias gracias a los inmigrantes, en que ellos viven en otros países y no se les discrimina ni se les trata como indeseables. Y deberían pensar en que su historia de invasiones y colonias es la que ha creado las condiciones de pobreza o violencia en muchos países, cuyos habitantes son los que deben emigrar.
La inmigración es una necesidad. Y de eso es testigo el mismo Reino Unido, que es producto de migraciones. Una mirada más humana sobre los inmigrantes y sus razones es necesaria.
(Fotos: Pixabay)











