Anna llegó a Lincolnshire desde Polonia para quedarse tres meses. Veinte años después, ayuda a otros migrantes a labrarse una vida en Boston. Las oportunidades atrajeron a muchos otros. Sus historias permiten vislumbrar cómo ha cambiado Lincolnshire y cómo está aprendiendo lo qué significa ser más diversa y pertenecer. Series The Prisma: “Lincolnshire transformado por migrantes”.

Toby Sardeson
Cuando Anna llegó por primera vez a Lincolnshire desde Polonia, no tenía intención de quedarse.
Un hombre se le acercó mientras trabajaba en una tienda y le ofreció la oportunidad de viajar a Boston para recoger narcisos. La promesa era sencilla: tres meses de trabajo podían darle suficiente dinero para volver a casa y sobrevivir otros seis.
«Pensaba que quizá, durante ese tiempo, me mudaría a otra ciudad», recuerda.
Nunca lo hizo.
Veinte años después, Anna dirige la Polish Support Initiative en Boston, ayudando a migrantes a navegar por sistemas británicos que pueden resultar difíciles incluso para quienes hablan inglés. La organización comenzó con servicios de traducción y se convirtió en una sociedad de interés comunitario, que ofrece apoyo gratuito, talleres y eventos a migrantes de toda la región.
Su historia forma parte de una transformación mucho mayor en Boston, una localidad cuya economía se ha vinculado profundamente a la mano de obra migrante.
Para muchos de los migrantes de Europa del Este que llegaron, el destino importaba menos que la oportunidad. La industria agrícola de Boston ofrecía trabajo que no exigía necesariamente un inglés fluido ni titulaciones formales.
«Todos empiezan en el campo», dice Anna.
Con el tiempo, algunos trabajadores pasaron a empleos mejor remunerados o más cualificados, aprendieron inglés y formaron familias. Otros permanecieron en el trabajo agrícola y fabril que originalmente los había traído a la zona.

Durante años, sin embargo, los migrantes que trabajaban en campos e invernaderos eran vulnerables a la explotación. A veces se les prometía a los trabajadores un determinado salario, solo para descubrir después deducciones por concepto de equipo o transporte.
Según Anna, las cosas han mejorado. Los migrantes son ahora más conscientes de sus derechos laborales, y organizaciones como la suya pueden ayudar a los trabajadores a denunciar tratos injustos.
Los entrevistados también describieron otra cara del mercado laboral migrante de Boston: empleadores que llegaron a preferir a trabajadores de Europa del Este, a quienes consideraban más fiables y disciplinados.
Describieron a trabajadores que llegaban puntuales y solo tomaban descansos durante el tiempo asignado. Una entrevistada afirmó que algunas agencias de empleo locales no contrataban a trabajadores ingleses.
Recordó a un familiar inglés que tuvo dificultades para encontrar trabajo a través de agencias locales. Finalmente, cuenta, se afeitó la cabeza, cambió su forma de vestir para parecerse a los trabajadores de Europa del Este y fingió deliberadamente hablar un inglés imperfecto.
Entonces recibió una llamada telefónica ofreciéndole trabajo.
Pero la relación entre las comunidades migrantes y el conjunto de la localidad es más complicada que una simple historia de explotación e integración.
Boston ha recibido sucesivas oleadas migratorias: primero llegaron comunidades portuguesas, seguidas por polacos, lituanos, letones y otros. Las comunidades ya asentadas contemplan a veces a los recién llegados con la misma suspicacia que ellas mismas pudieron haber encontrado en su día.
Aquí hay una paradoja.
Las personas que han experimentado la dificultad de llegar a un país desconocido también pueden desarrollar sus propias ideas sobre qué constituye una «buena» integración.
Anna y sus colegas hablan con orgullo de la disposición de la comunidad polaca a socializar con los demás y participar en la vida local, al tiempo que expresan frustración por comportamientos que asocian con algunos grupos de migrantes más recientes.
Sin embargo, también reconocen que las percepciones pueden ser tan poderosas como la realidad.

La amiga de Anna, Brigita, que emigró de Lituania, señala que «lo negativo siempre es más fuerte». Un grupo de jóvenes que se reúne fuera de una iglesia puede percibirse como amenazante, aunque solo estén quedando con amigos.
Del mismo modo, el comportamiento antisocial genuino puede hacer que la gente sea reacia a acercarse a comunidades que no conoce.
Integración y apoyo mutuo
La distinción importa porque la experiencia migratoria de Boston no es simplemente de conflicto.
Las iglesias de la localidad han cambiado junto con su población. Una iglesia católica que antes atendía a un pequeño grupo de fieles mayores ahora tiene servicios en polaco y una congregación mucho más numerosa y diversa.
Los eventos comunitarios se han convertido en otra forma de reunir a la gente.
En la Polish Support Initiative, los eventos con comida, música y familias pretenden crear el tipo de encuentros que rara vez ocurren cuando las comunidades permanecen separadas.
«Tenemos más en común que diferencias», dice Oonagh, cuya madre irlandesa emigró a Gran Bretaña. «Y se trata de tener la oportunidad de hacerlo».
La comida y la música pueden proporcionar esa oportunidad, sostiene, derribando barreras entre comunidades que, de otro modo, podrían permanecer separadas.
Brigita lo expresa de forma más sencilla:

«Todos merecemos vivir bajo el sol».
Algunas de las pruebas más claras de esa integración pueden encontrarse entre los niños de Boston.
Una antigua profesora recuerda haber trabajado con un grupo de solo 12 jóvenes que en conjunto hablaban 56 idiomas.
Un niño rusoparlante resolvía los problemas hablando consigo mismo en ruso antes de traducir sus pensamientos al inglés.
Para los niños que crecen en Gran Bretaña, el multilingüismo es cada vez más habitual. Puede que sus padres se identifiquen como polacos, lituanos, letones o algo distinto, pero sus hijos a menudo se mueven entre idiomas y culturas sin considerarse parte de una sola de ellas por completo.
El hijo de Anna, por ejemplo, habla polaco en casa, pero inglés con sus amigos, muchos de los cuales tienen orígenes diferentes.
«Dijo que yo por fin practicaría [polaco] en el trabajo», recuerda.
Cuando se pregunta si los niños que crecen en Boston se ven a sí mismos como polacos, británicos o ambas cosas, la respuesta es sencilla.
«Ninguna de las dos».
Para una generación que crece en Gran Bretaña, la cuestión puede ser, por tanto, menos elegir entre dos identidades que habitar un mundo en el que coexisten varias culturas.
Pero, aunque las comunidades migrantes de Boston han echado raíces, la localidad se enfrenta a problemas más amplios que no pueden explicarse simplemente por la inmigración.
Los jóvenes se marchan. Las oportunidades de empleo siguen muy concentradas en la agricultura y las fábricas, mientras que el transporte público y las oportunidades de educación y formación pueden ser limitados.
Eso crea un entorno difícil para debatir sobre inmigración.
Recuerdos y conversaciones
Cuando las personas tienen dificultades para encontrar trabajo, acceder a servicios o imaginar un futuro para sus hijos, los migrantes pueden convertirse en una explicación fácil para problemas mucho más antiguos y complicados.

Hace poco, en una comida comunitaria en Boston, Oonagh conoció a personas que se enfrentaban a problemas como la falta de hogar, desempleo, problemas de salud y pobreza. Algunas eran inmigrantes, otras británicas
.«Hay mucha desesperación», dice.
El peligro, sostiene, es que alguien llegue y les diga a las personas que sus dificultades existen porque hay «demasiados extranjeros».
«Es un blanco fácil».
Para los propios migrantes, sin embargo, la decisión de venir a Gran Bretaña rara vez consistía en quitarle algo a otra persona. Se trataba de sobrevivir.
«Solo quieren empatía y comprensión para entender las dificultades de las personas que llegan a un lugar y empiezan de cero», dice Brigita. «Hace falta mucha valentía».
Brigita recuerda haber llegado a Gran Bretaña desde Lituania a los 26 años con dos pantalones, una chaqueta de abrigo y ninguna certeza sobre dónde dormiría. Recuerda mirar a través del cristal en el aeropuerto y darse cuenta de repente de que ni siquiera le había dado un beso de despedida a su hijo de tres años. Había dejado atrás a su familia porque creía que Gran Bretaña ofrecía una oportunidad que Polonia no podía ofrecer. «Teníamos hambre», dice. Con «hambre», describía algo más que el deseo de dinero. Era un hambre de seguridad, oportunidades y un futuro mejor para su familia.
Años después, Anna recuerda la escasez de su infancia. En Navidad, las naranjas eran un lujo que se repartía entre cinco miembros de la familia. Una camisa del colegio tenía que durar un año entero. Los zapatos se usaban hasta que los dedos asomaban.
La migración cambió lo que era posible.
Y esa es, quizá, la parte del debate sobre la inmigración que más fácil resulta perder de vista.
La gente llega con recuerdos de pobreza, familias que ha dejado atrás, idiomas que aún está aprendiendo y expectativas sobre lo que Gran Bretaña podría ofrecerle.

Algunos montan negocios, otros trabajan en el campo y en fábricas, y otros son voluntarios en iglesias que en su día les ayudaron cuando ellos mismos no tenían hogar.
Dos hombres polacos que ahora ayudan en una comida comunitaria en Boston recibieron en su día el apoyo de la iglesia cuando no encontraban trabajo y no tenían dónde vivir.
No tienen mucho dinero que devolver, así que dan su tiempo.
Eso también forma parte de la historia migratoria de Boston.
No es una historia de integración perfecta; todavía hay muchas tensiones y diferencias culturales. Y no es una historia en la que migrantes y locales se entiendan siempre.
Es la historia de una localidad en la que personas de distintos lugares se han convertido gradualmente en vecinos.
Como dice Oonagh, construir una comunidad significa dar a la gente la oportunidad de integrarse, respetar las diferencias de los demás, estar de acuerdo y discrepar, y desarrollar un respeto mutuo.
«Si puedes derribar algunas de esas barreras, ya sabes, como el idioma, como la cultura, como el entendimiento, entonces creo que vas a construir una comunidad mucho mejor».
A veces discuten, a veces se malinterpretan y a veces se ayudan.

Y a veces, como descubrió Boston durante las devastadoras inundaciones de 2013, las distinciones dejan de importar.
Cuando llegó el agua, nadie preguntó si su vecino era polaco, lituano o inglés.
Simplemente preguntaron cómo podían ayudar.
Quizá eso es lo que significa en última instancia una comunidad: no que todos vengan del mismo lugar, hablen el mismo idioma o compartan la misma cultura, sino que cuando ocurre algo, reconoces al de al lado como uno de los tuyos.
*Próxima semana: Hallar un lugar al cual pertenecer en la zona rural de Lincolnshire.
(Traducido por Camila Marquez)
Series The Prisma: Lincolnshire transformado por inmigrantes.
La construcción del Boston moderno y multicultural
Viviendo en paralelo: comunidad y tensión
Los migrantes que vinieron a recoger narcisos… y se quedaron
Solicitantes de asilo construyendo sus vidas en la Inglaterra rural











