La migración atraviesa memorias familiares y experiencias laborales, se refleja en comunidades diversas y en voces como las de Wilfred Emmanuel‑Jones e Ivy Ngeow. Entre recuerdos, resiliencia y creatividad, el relato ilumina cómo quienes llegan transforman ciudades, aportan riqueza cultural y reconfiguran la vida urbana contemporánea.

Antes de sumergirme en las historias de mis recientes invitados de radio, ¿puedo esbozar un poco de contexto sobre lo que llevó a mi programa a encontrar en la Migración un tema central de su agenda?
Cuando llegué por primera vez a Londres en los años 80, siguiendo inconscientemente los caminos trazados por mis padres en las décadas de 1930 a 1950, el concepto de “Ese Londres” era menos irónico y más un vestigio de Thomas Hardy: referencias ocasionales y solemnes a una oficialidad lejana o expedicionaria, ruido, espectáculo. Tras la Depresión, el Blitz, las carencias de la posguerra y los bienes “´solo para exportación”, tenía sentido que muchas personas formaran parte del “desbordamiento” y se establecieran en los condados, que en aquellos días tenían una cultura industrial regional y capacidad exportadora (desde mi perspectiva en una banda de metales local recuerdo una misión comercial a Francia en la que uno de nuestros policías locales se enamoró de la maestra y aprendió francés en 48 horas).
Creo que fue en 1972, cuando estábamos al borde de unirnos a la UE, con una versión de los sentimientos encontrados que ahora se orquestan nuevamente. Así que quizá una vaga reconstrucción de la reconfiguración del reino por la migración económica acompaña las infantiles preocupaciones que nunca tuve sobre lo “extranjero”.
Era cierto que los rostros negros y morenos eran raros en las calles de Poole y Bournemouth, pero la demografía marítima y estacional, la expansión estudiantil y un hospital universitario, allí donde se necesitaban habilidades, derribaban barreras.

Recuerdo a mi padre y a su colega, con lo que hoy podríamos percibir como corrección política bien intencionada, disfrazándose de hombres indios —que en aquellos días solían vender alfombras y pequeños obsequios puerta a puerta— para asustar a nuestros vecinos expatriados de Kent, quienes usaban con naturalidad la espantosa palabra con N, mientras Enoch Powell vociferaba en su visión truncada del mundo, por encima de la valla del jardín.
La experiencia migrante en la oficina de delineantes de ingeniería de mi padre era para él el bálsamo de cálculos interminables y dibujos a mano de elaborados diseños de máquinas para enclaves peculiares. Franck de Hungría con sus “secretarias”, Tom de Jamaica con su sabiduría y comentarios de cricket, Jerry de Dublín con su trabajo paralelo de taxista y camarero, con un sentido de las auténticas historias de viajeros entre los suyos. Y mi propio padre, que aprendió hindi en Pune en 1943, contra las Regulaciones de la Reina, para sacar parcialmente a su pelotón de problemas cuando se perdieron en la jungla durante un ejercicio. Las ideas sobre lo que yace imperativamente o con cautela más allá, por supuesto, aparecen en las historias de migración en todas partes, junto con el deseo de preservar la comunidad entre quienes llevan este imperativo. Cuando me uní al NHS en 1996, una de las primeras personas que conocí fue Gareth, un sociólogo a tiempo completo del Central and NW London Trust, cuya exposición fue una fascinante inmersión profunda en cómo buscaba sintácticamente (en medio del crisol) llevar un seguimiento de las formas de llegada que cambiaban rápidamente.
En mi tiempo allí llegaron cohortes irlandesas, nigerianas y brasileñas en número considerable, que se pusieron en marcha de inmediato y trajeron textiles, comida callejera, vecindad que había sido eviscerada por el materialismo desenfrenado que precedió a su llegada.
Por encima de todo, como observó mi madre cuando visitó Ese Londres, aportando color y luz y limpiando el lugar (como a mi antiguo cliente Vasilly de Moldavia le gusta hacer con destreza en todo tipo de clima). No hace mucho tuve un año instructivo ayudando a sobrevivientes de la Esclavitud Moderna, cuyo heroísmo y habilidad, junto con la infalible voluntad de ayudarse mutuamente en circunstancias de hacinamiento y escasez, fue una lección ejemplar. No puedo entender por qué no se renuncia al protocolo para permitir que estas personas prosperen y desplieguen por fin sus alas.
Por ahora cuentan con lo mejor del respaldo del Ministerio del Interior y las competencias contables del Ejército de Salvación, que además financia psicoterapia especializada, de las que pueden valerse.
El primero de los dos invitados recientes en The Chim que me gustaría mencionar también encontró inspiración en lo que mi padre, trasplantando una frase del Ejército, llamaría “mucking in” (creo que el ecuestre difunto duque de Edimburgo lo recordó equivocadamente cuando preguntó a un inquilino de una asociación de vivienda: “¿Con qué frecuencia limpias el establo?”). La expresión refleja la dureza y el esfuerzo urbano de los que él quizá estaba melancólicamente distanciado. En cualquier caso, “mucking in” para Wilfred Emmanuel-Jones ha significado en distintos momentos abrir la puerta en BBC Pebble Mill para los guardias de seguridad helados que preparaban té en su cabaña de madera, limpiar dentro del edificio a escondidas, abrir una granja un poco más al oeste de donde yo crecí y cultivarla casi en solitario, y mucho antes de eso encontrar paz y el germen de una idea en un huerto en el racialmente inarmónico Small Heath de Birmingham (ese factor Powell nuevamente).
Wilfred Emmanuel-Jones, un hijo de la generación Windrush, ahora dirige una cadena de carnicerías orgánicas que ha transformado toda la experiencia de comprar alimentos en un acto simbólico y elegante de bienvenida que parece muy apropiado para la temporada, pero también una experiencia para todas las estaciones.
Asimismo, parece matizar las enormes preocupaciones sobre la gentrificación como limpieza étnica al señalar exactamente dónde está la carne en la garantía de calidad.
Este centrarse en lo que importa y una lectura finamente ajustada del entorno (donde el entorno es la mezcla urbana previamente afinada, aparentemente aleatoria) también es central en la obra de Ivy Ngeow, una decoradora de interiores malasia y novelista ampliamente leída que vive en la zona de Wimbledon.
Ivy, como Wilfred, tiene la habilidad, creo, de ver lo arquetípico y elemental en la experiencia personal.
Mientras que en la visión del mundo de Wilfred estás más cerca de lo que piensas de una buena receta y de tu propio potencial al inhalar su burbujeo en la estufa o el sensorio en sus tiendas, Ivy muestra en un párrafo lo volátil que puede ser la naturaleza muerta de los rincones tranquilos de integración y éxito, y por tanto lo arduamente conquistados que resultan. Sus personajes se encuentran, habiendo llegado desde las Asias, cuidando con destreza las complejidades que se despliegan en Key West, en el límite de Chicago, en el chic París y, por supuesto, en los matices de Ese Londres detrás de las cortinas y las jardineras bien cuidadas. Es importante e instructivo que muchos de sus personajes principales sean mujeres, pero también tiene oído para la resistencia multidimensional del moderno recién llegado. El ritmo de su obra —de los mundos que describe en su último libro, “In safe hands”, por ejemplo, ostensiblemente sobre el cuidado en el hogar y pequeñas obras de construcción— es extraordinario; como tantos thrillers, posee más destreza literaria de la que exhibe explícitamente debido a los imperativos en juego.
Ella cita a Dickens como manual para esto, y como evidencia de que construimos la aceptación informada e inevitable de la Migración al sintonizar cómo esta se ajusta y enriquece, y cómo los sabores, colores y la adecuada expresión de las riquezas que tenemos se manifiestan. Creo que vas a disfrutar estas conversaciones tanto como yo (mi agradecimiento a mi amiga y colega Pamela Mounter por entrevistar a Wilfred.
Pamela, incidentalmente, bailó en el club ligeramente caótico de Fela Kuti en Lagos en sus veintitantos años y atribuye el inagotable resorte en su paso a aquellos días). Encontrarás las entrevistas mencionadas en la segunda hora de estas grabaciones, antes de lo cual hallarás algo de jazz, algo de soul, algo de folk y una especie de serial de aventuras en una liga mucho más pequeña que la de Ivy.
En los programas de se encuentran las entrevistas completas con Wilfred Emmanuel‑Jones e Ivy Ngeow, donde sus historias de resiliencia, creatividad e integración se desarrollan con más detalle. Pueden escucharse en estos enlaces de Mixcloud:
Ivy Ngeow: keep it under your hat – Parte 1
Ivy Ngeow: keep it under your hat – Parte 2
Wilfred Emmanuel Jones, the black farmer – Parte 1
Wilfred Emmanuel Jones, the black farmer – Parte 2
*Andy Bungay: Presentador de Riverside Radio. Programa en vivo los sábados a las 11 p. m. y los domingos a las 9 p. m. (además, los lunes a las 8 p. m. hasta enero). Miembro de la Independent Media Association (IMA).
(Traducción de The Prisma – The Multicultural Newspaper) – Fotos: Andy Bungay y Pixabay
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