Al ser blanca y británica, a menudo me dijeron, mientras crecía, lo afortunada que era, pero la conversación nunca avanzó hasta preguntarse a costa de quién había sido posible ese bienestar.

Crecí con todo lo que se supone que debe hacerte sentir segura y estable. Era el cliché de la valla blanca, en un tranquilo pueblo rural. Viví dentro de una burbuja y durante d écadas nunca pensé en cuestionarla.
Me ha llevado años comprender que ese silencio nunca fue neutral. Ahora pienso en el privilegio en las formas muy reales en que moldeó mi comprensión del mundo. Esa reflexión me ha llevado de vuelta a la escuela y al currículo que dejó fuera tantas cosas. Cuanto más lo analizaba, más claro se volvía: nuestra educación no solo era incompleta; formaba parte del problema. Fomentaba un pensamiento colonial, alentaba una mirada de salvador blanco y evitaba cualquier confrontación seria con el papel pasado o presente de Gran Bretaña en el sostenimiento de la desigualdad global.
¿Cómo es un terrorista?
Tengo un recuerdo muy vívido de noveno curso, cuando tenía entre 13 y 14 años, en una clase de educación religiosa en la que el profesor pidió a la clase que dibujara la imagen de un terrorista. Lamentablemente, no recuerdo el propósito del ejercicio ni lo que dijo el profesor después, pero sí recuerdo el murmullo en el aula; algunos niños se reían y otros susurraban entre ellos. Me eché hacia atrás en el asiento, alejándome del pupitre, empezando a sentirme incómoda porque sabía lo que vendría por parte de mis compañeros, y un mar de dibujos muy similares apareció en sus hojas de papel. El profesor nos pidió que levantáramos los dibujos y yo me giré desde mi asiento para ver filas de hombres con barba, algunos con armas, algunos morenos, algunos negros, ninguno blanco, y todos “parecían” musulmanes. Lo que llenaba esas páginas eran las enseñanzas de nuestras aulas, de nuestra sociedad y de unos medios de comunicación sesgados.
«¿Qué dibujaste, Olivia?» —me preguntó. Bajé la mirada hacia mi hoja y se la deslicé. Ella levantó el papel y se acomodó las gafas en el puente de la nariz. —Mmm, interesante, un rostro en blanco con un signo de interrogación. ¿Y por qué dibujaste eso?”
El aula estaba en silencio. “Porque no sé cómo se ve un terrorista, podría ser cualquiera”, respondí.
La verdad es que, al igual que todos los demás en aquella clase, yo imaginaba el mismo estereotipo. La diferencia era que yo no lo dibujé. Recuerdo este momento con tanta claridad porque fue la primera vez que me di cuenta de que no estábamos cuestionando por qué pensábamos así en nuestro pueblo, predominantemente blanco.
Eso no acabó en la escuela. El sesgo y la desinformación estaban por todas partes, y esto fue antes de que los medios no occidentales se volvieran más accesibles a través de plataformas digitales y multilingües. Antes de eso, todo lo que sabíamos o escuchábamos se transmitía en un argumento unilateral. Más allá de las noticias, todas las películas taquilleras sobre guerra y terrorismo se reducían a un villano que siempre era, tal como lo habían representado mis compañeros, un hombre musulmán.
El elefante colonial en la habitación
Cuando reflexiono sobre esto, me vienen muchos otros recuerdos igualmente incómodos. Recuerdo haber aprendido mucho sobre los “países subdesarrollados”, como se les llamaba entonces.
Una y otra vez nos mostraban un documental sobre algún país africano “pobre”. Las mismas imágenes llenaban la pantalla: zonas densamente pobladas con viviendas informales, pobreza extrema, niños con vientres hinchados por malnutrición, mujeres encogidas en un rincón con la cabeza cubierta por pañuelos de diferentes patrones, o con el rostro completamente cubierto.
En otra ocasión, nuestra profesora de geografía nos mostró un documental sobre Brasil. Se centraba en la pobreza y los impactos del daño climático, pero no en quién o qué los causaba. El video no mencionaba los 300 años de dominio colonial de Brasil. Tampoco explicaba el daño causado por las potencias occidentales, como el banco español Santander, que ayudó a financiar la deforestación en el Amazonas.
Los temas políticos ni siquiera aparecían como una nota al pie en el programa escolar. Factores importantes, como la asignación de fondos del Occidente para bombas, armas e invasiones militares o apoyos que empujaron a regiones enteras a la devastación, se evitaban convenientemente. En ningún momento nuestros libros de texto discutieron el neocolonialismo ni trazaron el vínculo vital con los países colonizadores, siendo el Reino Unido el mayor culpable. En cambio, este tema permanecía como el elefante en la habitación, junto con todos los demás eventos catastróficos infligidos a estos países. Esta laguna en el sistema educativo parece aún más deliberada si se considera que solo hay 22 naciones en el mundo que Gran Bretaña no ha colonizado, o que sigue colonizando hasta el día de hoy.
Esta omisión de la historia hace cosas sumamente peligrosas para la mente de un joven. A lo largo de mi infancia, esta retórica quedó tan profundamente grabada en mi mente que, si alguien mencionaba África, yo imaginaba pobreza, guerra y violencia.
Es muy distinto de lo que pienso ahora. Mientras escribo este artículo, estoy sentada en mi apartamento en Marruecos, desde donde puedo ver la luminosa silueta blanca del impresionante museo de arte a través de la ventana. Puedo escuchar el ding del tranvía en la calle y el clip-clop de los zapatos de las mujeres sobre el pulcro pavimento de mármol, mientras salen de la oficina a almorzar vestidas con trajes impecables. Es solo una pequeña parte de lo que África tiene para ofrecer, pero está muy lejos de las imágenes que me mostraron en la escuela: montañas de basura, moscas y personas desnutridas.
La ausencia de esta visión de África es una táctica deliberada para sostener comportamientos coloniales.
La esclavitud no ha muerto, ha evolucionado
Recuerdo que nos enseñaban sobre los impactos del Imperio Británico en el comercio de esclavos. Nuestra profesora de historia, con su collar de perlas sobre una blusa azul real y los pómulos finos cubiertos con un intenso rubor rosa, se veía pequeña y frágil junto a la pizarra, mientras nos mostraba imágenes de cómo las personas eran capturadas, vendidas, transportadas y obligadas a trabajar. Nos enseñaron que la esclavitud ocurrió, en tiempo pasado. Sin embargo, si acaso, ha evolucionado. Ahora los depredadores cuentan con la infraestructura para alcanzar a cualquier persona que deseen explotar, así como los medios para ocultar sus acciones.
Estimaciones de la organización Unseen Charity muestran que 50 millones de personas en todo el mundo viven en esclavitud moderna, de las cuales 122.000 están en el Reino Unido. De estas, 28 millones se encuentran en trabajos forzados y 22 millones en matrimonios forzados.
La escala global de la esclavitud y sus impactos duraderos no se mencionaban en nuestro plan de estudios. En las visitas escolares a los museos, no aprendíamos sobre los robos cometidos por el Reino Unido, incluyendo obras de arte, esculturas y joyas que aún se exhiben en nuestros museos, o que están incrustadas en las coronas de nuestra familia real. Este saqueo cultural es tan extenso que tiene una sección dedicada en la página web del British Museum.
La descripción de los objetos se hace sin rendición de cuentas, un rasgo característico de la mentalidad colonial. Se utiliza un lenguaje ambiguo sobre cómo estos objetos llegaron a ser “prisioneros”: frases como “algunos objetos de esta colección pueden haber sido tomados o adquiridos” son lo que se ofrece.
Incluso su nombre, el British Museum, parece vacío, ya que alrededor de ocho millones de objetos en exhibición no provienen de Gran Bretaña, al menos 2.000 de los cuales han sido reportados como robados de sus países de origen. Ha pasado una década desde aquel día en la escuela, y solo recientemente comencé a darme cuenta de que nunca es demasiado tarde para cuestionar lo que te han enseñado. Mi propia complicidad, presentada en forma de ignorancia, fue una de las cosas más difíciles con las que tuve que lidiar.
Obtener una nueva perspectiva me ha permitido ver que mis conceptos erróneos provenían de un lugar de miedo y falta de educación.
“No dejes que la historia se repita” es un dicho que no podemos ignorar —y un recordatorio para hacerlo mejor.
*Artículo publicado originalmente en Nadja.
(Traducido por The Prisma – The Multicultural Newspaper) – Photos: Pixabay
Edición Especial sobre Migración
La diáspora más allá del miedo y la desinformación
Vida en frontera EE.UU-México bajo la administración Trump
Vine al RU por un futuro mejor; ahora estoy atrapada en la trampa del visado
«No me enseñaron sobre colonialismo, así que aprendí por mi cuenta»
Cómo comunidades locales rechazan pánico mediático sobre la inmigración
Diáspora en Londres: relatos de llegada, resiliencia y creatividad
Cientos marchan por la unidad en Falkirk
La historia yemení en Sheffield: lucha, solidaridad y renovación
Violencia contra las mujeres, arma para la propaganda racista
Siete documentales activistas disponibles y gratuitos
Influencia de los medios en la percepción sobre inmigrantes
De sobrevivir a la guerra a enfrentar racismo y xenofobia
Cuando el multiculturalismo se convierte en un arma política











