En la introducción a una pequeña e invaluable colección de memorias de Maxim Gorki (1868-1936), el escritor sudafricano J. M. Coetzee ofrece información importante sobre el autor y su relación conflictiva con sus compañeros revolucionarios en Rusia antes y después de la Revolución bolchevique.
Sean Sheehan
El libro, publicado por primera vez en 1920 y ampliado posteriormente para incluir memorias de Antón Chéjov y Leonid Andréyev, tiene su núcleo en las conversaciones de Gorki con Tolstói (1828-1910) y en sus observaciones sobre él.
Aunque no fue tan ambivalente como su relación con el bolchevismo, Gorki y Tolstói nunca fueron almas gemelas, y existía una diferencia de clase de la que el escritor más joven era muy consciente: “Quizá para él un campesino no sea más que un olor desagradable; puede olerlo en todas partes a donde va y no puede evitar hablar de ello”; Gorki también señala que el propio interés de Tolstói por él era “etnográfico”.
Tales comentarios parecen más duros de lo que deberían porque ambos sentían una curiosidad mutua por el otro y cada uno admiraba las cualidades del otro como escritor y como individuo.
Sus personalidades y su política eran muy diferentes, y Gorki rechazaba la “no acción” y la “no resistencia al mal”, identificando tales “predicaciones nebulosas” como “envenenadas por el fanatismo mongol” y “químicamente opuestas” a “Occidente y su incansable producción creativa”. En igual medida, sin embargo, se sentía atraído por el implacable cuestionamiento que Tolstói hacía del pensamiento perezoso, el lenguaje deficiente y las formas convencionales de piedad. Gorki también siente una enorme admiración por Chéjov y por cómo, detrás de la aparente banalidad de su ficción, se encuentra “la tragedia de las trivialidades de la vida”.
Una generación más tarde, Varlam Shalámov (1907-82) traslada a Moscú y encuentra allí “una vasta universidad de la cultura”: una explosión de artistas de vanguardia, revistas, manifiestos y movimientos (entre ellos los Futuristas Comunistas y los Nadaístas).
Solo leer en sus memorias sobre la escena artística rusa de la década de 1920 resulta emocionante y, aunque muchos de los nombres están ahora prácticamente olvidados (como Aleksandr Voronski, un buen amigo de Lenin), hay figuras ilustres como Bogdánov, Lunacharski y Maiakovski, escritores emergentes como Mikhail Bulgakov y consagrados como Gorki.
Se descubre que el joven escritor Andrey Platonov enviaba a Gorki la mayor parte de lo que escribía, solo para que este le aconsejara que no intentara publicar sus dos primeras novelas y decenas de relatos cortos; “retrasando durante muchos años el desarrollo de este gran talento original”.
Shalámov, en esos preciosos pocos años posteriores a octubre de 1917, fue testigo de la historia en su momento más heroico, y esta resuena a través de las páginas de “Los años veinte”: aquí encontramos a Mijaíl Guerásimov, el arqueólogo y antropólogo, “hojeando las páginas impregnadas de olor a tinta de su libro recién publicado” con su “desgastada túnica verde de la Guerra Civil, un abrigo del Ejército Rojo con brillantes ojales y unos viejos pantalones militares”. El funeral del escritor Dmitri Furmanov le hace recordar haber visto la bandera negra que aún ondeaba sobre el Club de los Anarquistas de Moscú en 1921.

Cathy Porter, la traductora, ofrece una introducción informativa que nutre considerablemente a esta pequeña e igualmente invaluable colección de memorias.
“Recuerdos de Tolstói, Chéjov y Andréyev”, de Maxim Gorki, es publicado por Fitzcarraldo Editions. “Los años veinte”, de Varlam Shalámov, es publicado por Rab-Rab Press.
(Traducido por Camila Márquez)











